martes, 30 de marzo de 2010

Ernesto Alterio y su déjà-vu en la bañera

Lo bueno de ese defecto visual llamado persistencia retiniana -que nos permite crear la ilusión de movimiento entre imágenes fijas pasadas a una determinada velocidad- no es sólo que gracias a ella podemos ver el cine como algo más que una colección de bonitos fotogramas. Y es que, por encima de esa persistencia inmediata debe de quedar una especie de memoria visual adherida a la retina del espectador. Por este motivo, uno crea lazos y conecta no sólo imágenes y secuencias de una misma película, sino que puede crear un "macro-metraje" que conecta nuestro universo de imágenes. A veces, el efecto llega a ser chirriante, hiperbólico y los paralelismos despiertan un tufillo que delata cierta falta de originalidad. En este sentido, cabría preguntarle al actor Ernesto Alterio qué sintió cuando tuvo que interpretar dos escenas similares a través de la piel de dos de sus personajes más dispares, en películas distintas y dirigidas por realizadores diferentes. Lo del déjà-vu suena a chiste y el espectador puede verse salpicado de esa confusión temporal cuando compara la secuencia en la bañera de Los dos lados de la cama (Emilio Martínez Lázaro, 2005) con la de Rivales (Fernando Colomo, 2008) que se emitió este domingo en la Primera de TVE.

Aunque Javier, el inmaduro treintañero al que Ernesto Alterio da vida en el musical español, guarda poca relación con el personaje del ambicioso padre que anhela que su primogénito sea un campeón -en el fútbol y en la vida- de la película Rivales, ambos papeles obligaron al actor a poner cara de sorpresa ante el "shock" de pillar infraganti a una pareja en la bañera: En Los dos lados de la cama, su ex novia con la novia de su mejor amigo; y en Rivales, el entrenador del equipo de su hijo con el míster del equipo contrario. Y por mucho que los amantes se empeñan en aguantar la respiración bajo el agua... al final los personajes de Alterio acaban por descubrir todo el cotarro...




[En Rivales, la escena aludida, aparece al final del tráiler, 1´58"]




Desconozco si Fernando Colomer emula conscientemente a Martínez Lázaro, pero en cualquier caso, la escena -siendo el humor un sustantivo que precisa de factor sorpresa- suena repetitiva... Y más aún, protagonizada por el mismo actor, la cosa ya resulta extraña... Y la carcajada se queda en un confuso déjà-vu y la sonrisa en una mueca de medio lado. Pero hay que reconocer que, a pesar de los paralelismos de guión, Alterio siempre dignifica su interpretación y sus rocambolescos personajes.

domingo, 28 de marzo de 2010

Periodistas poseídos por el espíritu “Phileas Fogg”

Algunos de los mayores aventureros de otra época se dieron cuenta de que el mejor pasaporte del que disponían para escudriñar el mundo era el periodismo. Puede que esto se deba a que, tradicionalmente, la curiosidad –no el cotilleo- ha delimitado la frontera entre los buenos y malos periodistas. Pero tampoco hay que ignorar que este afán por recorrer continentes se deba a la vanidad que -por qué negarlo- también es condición intrínseca a la pluma periodística.
Sin embargo, en este caso y al contrario de lo que la Señora Rosa Díez promulga sobre las distintas acepciones de la lengua, nos referimos a la vanidad "en el sentido más elogioso de la palabra". A la vanidad como trampolín de los sueños, a la vanidad que dignifica el talento humano. Como escribió Paulo Coelho en El peregrino de Compostela [Diario de un mago]: “lo que las personas llaman vanidad: dejar obras, hijos, tratar de que su nombre no sea olvidado, yo lo considero como la máxima expresión de la dignidad humana”. Quizás movidos por ese revuelo de sentimientos, algunas de los personas que acompañan esta crónica buscaron –no todas lo consiguieron- acuñar un nombre propio en los pliegues de la Historia.

Con tales pretensiones, sin duda habría que comenzar hablando de la periodista estadounidense Nellie Bly, pionera en esto de las aventuras alrededor del globo. Ella, que por una vez consiguió dejar a Julio Verne como un escritor pacato en sus predicciones y fantasías, completó su carrera en setenta y dos días, seis horas, once minutos y catorce segundos desde que iniciara su hazaña aquel 14 de noviembre de 1889 en Nueva York. No obstante, poco tardaría George Francis Train en rebajar esta marca, cuando en una segunda intentona allá por 1890, consiguió dar la vuelta al mundo en 67 días. Su vinculación con el periodismo era más bien económica –durante la Guerra Civil estadounidense financió la revista The Revolution, que abogaba por la defensa de los derechos de la mujer- y consiguió que la memoria colectiva conservase una pequeña placa con su nombre.

Pero ¿qué hay de todos esos personajes que se quedaron a medio camino entre el éxito y el más cruel anonimato? Hablamos de gentes que protagonizaron reportajes y crónicas en los diarios de medio mundo y cuya fama fue tan fugaz como la vida de esos ejemplares de papel. A principios de la década de los 50, la periodista española Josefina Carabias escribió en el vespertino Informaciones, unas líneas sobre dos colegas holandeses, Kramer y Helms, que habían partido de Ámsterdam con intención de recorrer el mundo entero y consumir su talento relatando su viaje.

A su paso por Madrid, estos periodistas se dieron cuenta de que su aventura podría ser intensísima y emocionante pero distaba mucho de ser original: en la capital española, otros dos periodistas, en este caso dos italianos de la revista Tempo, se hallaban con sus dos motos dispuestos a conquistar el globo a fuerza de exprimir el acelerador de su VESPA. Así que ambas parejas de aventureros optaron por lo más rentable: continuar juntos aquella peripecia. Tal y como señala Carabias en su pequeña entrevista con Kramer:

Los holandeses van en coche adaptado para vivienda. Los italianos en motocicleta. De la fusión se derivan ventajas para todos. De ahora en adelante los italianos tendrán un techo –el del automóvil- donde guarecerse, y los holandeses dispondrán en las ciudades de un medio más rápido y más económico para desplazarse: las motocicletas de Italia”.

Los aventureros confesaron ante Carabias que llevaban dos mil pesetas gastadas desde que emprendieron el viaje y que ya no quedaban fondos en sus talonarios:

Carabias: Hay turistas que gastan más...
Kramer: Sí, pero nosotros no somos turistas. Vamos en viaje de trabajo y con muy pocos medios económicos. Hemos de escribir una gran reportaje para el periódico Parool y, además, tenemos que obtener documentos cinematográficos.
Carabias: Todo esto les valdrá a ustedes después mucho dinero...
Kramer: Después, sí. Pero lo que hace falta de momento es lograr el propósito. Estamos entusiasmados con nuestro viaje y ese entusiasmo es el que nos hace superar toda clase de dificultades. [Y más tarde matiza] Con la cartera llena de billetes el viaje no tendría mérito ni emoción.

Con ese resorte vivaz estos periodistas tenían previsto acabar su viaje en unos cinco años. De Madrid, irían a Algeciras para conocer África del Sur atravesando el Sáhara. Luego Australia, América y finalmente Asia. Me da lástima no saber qué ha sido de sus peripecias, si completaron su meta o si ganaron finalmente dinero con la aventura, o si tuvieron que llevar las VESPAS al desguace para poder sacarse un billete de vuelta a casa. Porque la cruda realidad para esta "pequeña ONU ambulante" tal y como la calificó Carabias en el título del reportaje, es que a día de hoy no tienen dedicada ni una triste entrada en la Wikipedia.

Sin embargo, el paso del tiempo no deja de hacer fascinante su propósito, incluso para alguien como esta Trilby que les escribe, que pertenece a la generación de viajes "low cost" y para la que Phileas Fogg era un león llamado Willy enamorado de una pantera asiática.

Y es que el periodismo escribe la historia cotidiana del hoy, las peripecias del día a día, y sólo algunas "Bly" saltan las vallas de su tiempo para formar parte del imaginario colectivo. Sin embargo, hasta los héroes caducos con el ejemplar de un diario, desde su minúsculo rincón de hemeroteca, todavía son capaces de conmocionar. Aunque hoy ya nadie los recuerde, todavía permanecen como héroes poseídos por el aventurero Phileas Fogg en la memoria de aquel grupo de niños de la capital que, a mediados de los años 50, observaban con emoción el mapamundi dibujado en la carrocería del vehículo de aquellos periodistas, deseando por un momento formar parte de esa aventura y escaparse de su triste realidad, por la latitud más próxima a los sueños.

viernes, 26 de febrero de 2010

Un cambio de perspectiva: la cama-balsa

Hay días en los que uno prefiere ver la vida en horizontal: Esto es, desde la cama.
Allí uno maquina, re-sueña lo soñado, se traspone, vuelve en sí y cabecea.
Para Stefan Bollman, en su libro Las mujeres que leen son peligrosas, la cama "se ha ido convirtiendo cada vez con más fuerza en el teatro de la intimidad humana". Sobre este mueble y en un repaso a los últimos siglos como lectores Bollman reflexiona: "En tanto que lugar al que se llega noche tras noche para buscar el reposo, pero al que se llega también para amar y morir, donde el ser humano es engendrado y dado a luz, donde busca un refugio cuando la enfermedad lo atrapa y donde da generalmente su último suspiro, la cama representa en la vida humana un lugar para el que es difícil imaginar un equivalente de semejante dimensión existencial".
Así que, con todo esto borbotando en la cabeza, no sé qué tienen de especiales estos días. Pero viendo volar las horas desde esta posición, lo de salir a comprar el periódico suele dar pereza. Y acceder a la versión online… ptse… No tiene el mismo encanto. Estoy convencida de que en este estado de duermevela la experiencia se convertiría en un hipervínculo sin retorno.
El caso es que uno se pone como más añejo, más antiguo y remolón. Y saca de su estantería aquellos viejos ejemplares de Revista Literaria “Cuentos y Novelas” que se compró en una tienda de antigüedades. Aquellos que sólo adquirió para admirar la celulosa amarilleada y el valor de una fecha de hace casi setenta años impresa en la portada. Extraigo un ejemplar y todavía me conmueve pensar en ese 6 de noviembre de 1932. Y el olor a historia recubierta de polvo y ácaros sólo me hace fantasear con el Madrid de aquellos tiempos. Con el Madrid que cumplía año y medio de la proclamación de la Segunda República. Con el Madrid que desde septiembre había visto constituirse el llamado –con mucha retranca- trust de diarios afines a Azaña, integrando bajo una misma empresa al diario El Sol, La Voz y Luz. Al Madrid cuyos lectores despreciaban con cada vez más notoriedad la prensa política y elegían sin remilgos los grandes periódicos de empresa...


Vuelvo a fantasear con aquel país en el que se comerciaba por entregas semanales con la literatura de Dostoievski, a 30 céntimos el ejemplar...


Porque el ejemplar que ahora sostengo en mis manos tiene las páginas tostadas por la edad. Y una grapa al estilo de ABC ha mantenido con tesón la unidad de las hojas que ya comienzan a resquebrajarse. Para delirio de esta escribiente, Revista Literaria se editaba en la madrileña calle Larra, número 6. Caminar por aquella senda debía de ser reconstituyente para los amantes del periodismo. Unos números más abajo, en el 14, se editaba el prestigioso diario El Sol fundado por Nicolás María de Urgoiti. El mismo diario en el que en noviembre de 1930 Ortega y Gasset publicó su famoso artículo “El error Berenguer” símbolo y reflejo del descontento monárquico que se respiraba en el país. Letras que finalizaban con el apasionante “Delenda est Monarchia” y que anticipaban la llegada inminente de la Segunda República... Pero en esa misma calle, en ese mismo número 14, otros tiempos –ya por el año 1935- convertirían sus instalaciones en la nueva sede impresora del diario Arriba, fundado por José Antonio Primo de Rivera como escaparate de la Falange. Más aún, a partir de 1939, sería el diario oficial del Movimiento franquista. Es sorprendente cuánta historia, en tan pocos años, puede almacenar un inocente número de una calle de Madrid...
Antes, antes de todo eso, "La mujer de Otro" (Aventura Extraordinaria) de Fedor Dostoievski protagonizaba la portada del número 201, Año IV, de aquel domingo 6 de noviembre de 1932 en la Revista Literaria. Reconozco que el cuento me entretuvo, que las calamidades y el patetismo de un marido que tiene inverosímiles sospechas sobre que su esposa es adúltera llenan de gracia las columnas del tabloide.


Sin embargo, lo más llamativo de todo el ejemplar lo encontraría en la segunda página. Además del precio de suscripción a la revista y de un repaso a la biografía y a los ejemplares en los que ya se había publicado algo sobre el autor; también adelantan el contenido del próximo número cuyo protagonista será Maquiavelo, al que califican como "espíritu sutil que buceó en diversas actividades humanas, dejando algunas obras literarias, entre ellas cuentos tan llenos de gracia y de humorismo como "El archidiablo Belfegor", que presentarían al público la semana próxima. Pero, concretando, sería en la sección de "Noticias Literarias" donde hallaría las líneas más emocionantes y subversivas de todo el diario. Bajo el ladillo "Por la cultura nacional" los redactores se dedican a hacer un repaso sutil de las complicaciones que profesionales y docentes tienen que afrontar a la hora de acudir a una biblioteca nacional. Con sorna, ponen el acento en la necesidad que el Gobierno tiene de conocer todos estos hechos para mejorarlos. Ya al final, abandonan las zalamerías y se ponen reivindicativos: "Suiza, con sus 41.000 Kilómetros cuadrados y cuatro millones de habitantes, tiene para bibliotecas más consignación que España. No sería exagerado pedir que el Gobierno destine en el presupuesto una cantidad suficiente para este servicio".

Quizás sea una cuestión de perspectiva: leer así, recostado, siempre altera la visión. Pero a mí se me antoja que estaba muy bien eso de editar una revista literaria y, al mismo tiempo, denunciar las carencias del país en esa materia. Darle la vuelta a la pluma y ponerlo todo patas arriba conviene a la salud de los lectores y redactores. El problema es que hace demasiados años que todos observamos el mundo en vertical... y nunca nadie se arriesga a cambiar la posición. Creo que, de momento, esta Trilby se quedará así, en horizontal, en su catre. Y me sentiré en mi pequeña cama-balsa (así denominaba Colette a su lecho) una pequeña díscola que hoy se niega a ver el mundo como un bípedo cualquiera... Y soñaré que aquí nadie pregunta ya si la botella está medio llena o medio vacía... Porque alguien tendrá la sensatez de indicar que lo más importante es saber qué diantres contiene la botella.
[Arriba, lámina de André Dunoyer de Segonzac, Sidonie-Gabrielle Colette]

miércoles, 24 de febrero de 2010

Versos sin escamas

“Mañana es un mar hondo que hay que cruzar a nado”


El pasado 12 de enero se cumplieron dos años del fallecimiento de Ángel González, el poeta ovetense que hoy ocupa estas líneas. Pero, de ser justos con su legado, cabría preguntarse si es posible cesar de existir siendo un Ángel –de nombre y poesía- que rompió las alas contra los escombros de las pasiones, que por discreción se fue ahogando en el pozo de su garganta, de la que brotaron palabras, ritmo y sonoridad infinitas. Porque en demasiadas ocasiones la crueldad de los artistas es que su fuente de inspiración acaba por hundirlos en la fosa común de los inertes. Si la tuberculosis que contrajo con 18 años le fue sumiendo en el abismo de reclusión perfecto para evocar la poesía, leerla y construirla; también acabaría dejando en su pecho la vía insalvable por la que se iría apagando su vida, hasta que a los 83 años fallecía a causa de una insuficiencia respiratoria.

Pero al margen de los óbitos, a veces lo que más atrapa de un artista no es sólo el objeto que le da fama sino cómo llega uno a descubrirlos. En el caso de esta Trilby, una casualidad, como tantas otras, me condujo hasta Ángel González. Y confieso abiertamente, que las fórmulas poéticas no acaparaban en absoluto mi atención. Todavía con el recuerdo reciente de la etapa escolar, pensar en poesía era pensar en memorística. Los versos siempre han sido un instrumento de repetición que aprendía en la escuela como el abecedario, sin que vertiese sobre ellos conciencia alguna o emoción. Pero la primera vez que me topé con Ángel González fue arrastrada por el sereno final de la película El pájaro de la felicidad (1993), de Pilar Miró. Un filme que, pese a no haber retribuido a su directora la fama de otros metrajes suyos, como El perro del Hortelano (1995) o Beltenebros (1991), ocupa un lugar destacado en mi colección particular. Unos versos nada inocentes me atraparon entonces a través del personaje protagonista que interpretaba Mercedes Sampietro:
"Añorar el futuro que no existe es aceptar la vida despojada de sus días mejores, y vivir es igual que haber vivido ya sin que ése haber vivido suponga, por desgracia, estar ya muerto”.

Con este final evocador, luego fui averiguando que pertenecían a un poema de González y que todo en él era magia: No en vano "Palabras casi olvidadas" acabó por dar nombre a este blog. Aquellos versos todavía me acompañan porque, como buenos amigos, están presentes en el repiqueteo de mi memoria y arrancan en ella por inercia, como los "diez cañones por banda" de Espronceda:

"En ocasiones, el corazón se siente abrumado por la melancolía, y al pensamiento llegan viejas palabras leídas en libros olvidados: felicidad, misterio, alma, infinito. ¿Es la tarde que mete sus uñas venenosas en el sombrío cuerpo del olvido y huye hacia la noche llevándose en la boca algún gesto borroso, una canción perdida, la desteñida cinta que no pudo atar tantos recuerdos? (...)"

Sería a través del prólogo de Luis Izquierdo, recogido en Antología Poética de Alianza Editorial, cuando el sobrecogimiento personal tomase formas definitorias. Para Izquierdo, el poeta asturiano era: “Un ángel que pronto descubrió que sus únicas alas posibles eran las de la escritura. Desaprendió las lecciones del dictado y la religión y describió además que en la prosa de la vida hay mucha poesía que desentrañar”.


En Ángel González ironía y poesía se toman de la mano como amantes suicidas que se despeñan hacia un pozo espeso de nostalgia, memoria y denuncia. Catalogado dentro de la Generación del 50, como uno de esos “hijos de la Guerra”, González sufrió las consecuencias de tener una familia republicana. De regreso a España, despuntó con sorna algún que otro verso a aquellos recuerdos:

Cuando estoy en Madrid,
las cucarachas de mi casa protestan porque leo por las noches.
La luz no las anima a salir de sus escondrijos,
y pierden de ese modo la oportunidad de pasearse por mi
dormitorio,
Lugar hacia el que
-por razones oscuras-
se sienten irresistiblemente atraídas.
Ahora hablan de presentar un escrito de queja al presidente
de la república,
y yo me pregunto:
¿en qué país se creerán que viven?;
Estas cucarachas no leen los periódicos.

Y es que en la paleta de su poesía Ángel González mezcló muchas reflexiones tragicómicas derivadas de su experiencia con la tuberculosis, el exilio y el silencio. Y consecuencia de esa amalgama saldría una poesía limpia y depurada, alejada del rococó que pervierte la fachada de las emociones, cuidando de que sus palabras se alejasen del circunloquio para caer en la diafanidad del sentimiento. Por esto, sus versos no tienen escamas. Están expuestos sin corteza ni pelaje protector a la felicidad que emana de las escenas triviales [miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,/ digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,/ y si cierras los ojos cierro también los míos,/ y me duermo en tu sombra como si siempre fuera/ verano,/ amor,/ pensando vagamente/ en el mundo inquietante/ que se extiende –imposible- detrás de tu sonrisa]. Y a la tristeza que provocan sus reflexiones. [Mastico lentamente los minutos/ -tras haberles quitado las espinas-/ y cuando se me acaban/ me voy rumiando sombras,/ rememorando el tiempo devorado/ con un acre sabor a nada en la garganta.]


Bruto –por su pureza- e intimista, hasta al punto de ahogarse en su propio cuerpo, no renuncia a la conciencia social, a pesar de caer muchas veces en el desaliento que provoca que, en demasiadas ocasiones, las palabras sean presas de la nada, marionetas del viento. “Ángel, me dicen, y yo me levanto disciplinado y recto, con las alas mordidas –quiero decir: las uñas- y sonrío y me callo porque, en último extremo, uno tiene conciencia de la inutilidad de todas sus palabras.”

El desdoblamiento personal del autor a través de la dualidad que le imprime su nombre propio (como ser humano y como ser celestial) es otra de las constantes en su obra. E inevitablemente acuden a mi cabeza versos de “Para que yo me llame Ángel González”, de una franqueza espeluznante sobre la insignificancia que a veces acompaña a la condición humana. O un extracto de “Reflexión primera” (Si esto es la vida Dios, si éste es tu obsequio, te doy las gracias –gracias- y te digo: Guárdatelo para ti y para tus ángeles.) En palabras de Luis Izquierdo “Esas gracias ilustran, con el gesto oral de repetición, el rechazo al obsequio de una monotonía consciente del fracaso final de la hora última." En este sentido, recuerda mucho a aquellas palabras finales que, antes de su muerte, la pintora mexicana Frida Kahlo dejó escritas, con gran ironía, en su diario : “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”.

Para William Wordsworth “Toda buena poesía es el desbordamiento espontáneo de poderosos sentimientos y, aunque esto es verdad, nunca hubo poema, sobre cualquier tema, al cual pudiera atribuirse algún valor que no fuera producido por un hombre que, además de estar dotado de sensibilidad orgánica fuera de lo común, ha pensado también larga y profundamente”. Es curiosos como intentando atrapar una definición para la poesía, halla dado de lleno en el estilo de Ángel González. De talante humilde y travieso, sólo él podía llamar la atención sobre el gran biógrafo musical de nuestros tiempos: Joaquín Sabina, que en su último disco, Vinagre y Rosas, le dedica al poeta la canción "Menos dos alas". Un homenaje al "santo por lo civil" que fue y sigue siendo Ángel González, el que "decía que la muerte no era tan grave y agonizó en voz baja por cortesía".


sábado, 13 de febrero de 2010

Enero en blanco. Los primeros días del año

Libros sobre la cama. Una masa de ropa arremolinada en torno a la silla. Una cajetilla de tabaco blando con medio cuerpo saqueado por la ansiedad fumadora. Un reloj roto. Una agenda sin anotaciones y bolígrafos que ya no escriben pero se resisten a abandonarme. Garabatos sobre mi mesilla de noche. Calcetines desparramados en el suelo, que aceptan resignados el pudor que les impide meterse entre las sábanas. Un teléfono apagado. Y una gorra de lana que hoy no usaré. El sol alarga sus brazos por mi ventana.

Podría darle un aire romántico a este ambiente de compromisos a medias y obligaciones pendientes. Pero no hay para tanto. De la lámpara cuelgan a pares los suspensos y al abrir el armario han caído a mis pies todas las notas ausentes de una guitarra que ya no tiene voz. De poseer el talento de Bettina von Armin –una fabulosa lectora del siglo XIX que disfrutaba escribiéndose correspondencias ficticias a sí misma- hubiese afilado el lápiz y dibujado un paisaje entrópico donde habitar serenamente. “En tu cuarto era como estar a orillas del mar, donde una flota había encallado. Schlosser reclamaba dos grandes infolios que había tomado en préstamo para ti en la biblioteca municipal y que tú tienes desde hace ya tres meses sin haberlos ojeado. El de Homero estaba abierto en el suelo, tu canario no lo había tratado bien…” Así se escribía ella. Creo que Bettina solamente quería describir aquello para sentirse parte de ese juego de objetos que salpicaban su habitación y a veces conseguían dominarla hasta el punto de hacerla sentirse una pequeña concha inerme a orillas de ese paisaje playero.

Por eso a veces también es importante hablar de las ausencias. De este enero en blanco que si bien la gente suele llenar de pretensiones y propósitos yo he preferido dejarlo vacío, esperando en la puerta a ver quién entra primero, quién se atreve a dar el paso: Mi pacto a medias con Teresa y sus tardes, mi locura sugestionada por la adolescente Woolf, mi Benedetti sin tregua, mi Larra y su doncel… Aguardaba con esa misma inquietud contenida de la extraña muchacha que en el cuadro de Renoir parecía exiliada del plácido ambiente que la rodeaba. Muchacha cuya pose inspiró cientos de cuadros a aquel viejo de cristal que en la película de Amélie repetía el lienzo de "El almuerzo de los remeros" con el único propósito de captar aquella mirada perdida, suspendida en otro espacio ajeno al cuadro y quizás al propio Renoir.


El caso es que tal estado ingrávido atestaba la habitación que sólo podía vencerse por la tangente. Por la esquina ausente en la que alguien dejó un libro en mis manos. Tan inesperado como divertido: La tienda de los suicidas, de Jean Teulé, que no podía ser más evocador en esta playa de mi cuarto, en este cuadro de remeros. Me cuesta decidir si lo más fabuloso del libro es la imaginación desbordante del autor, la sórdida idea de que en un futuro existan tiendas suicidas regladas por una legislación todavía protectora con la infancia -el bote de los caramelos debía tener la proporción justa entre veneno y placebo para que el azar decidiese sobre el destino de los pequeños-, o el negocio familiar de una pandilla de altruistas que siempre cuelgan el cartel de "abierto por defunción". Ni uno sólo de los Tuvache escapa al encanto: los progenitores que forman parte de una estirpe de vendedores de objetos suicidas o los acomplejados hijos que se regozijan en su lamentable existencia: Vincent, Marilyn y Alan. Por su puesto el nombre lo heredan de sus tocayos suicidas. Pero el pequeño, Alan, inspirado en la fabulosa figura de Alan Turing es el díscolo que sonríe a los clientes y les despide con un "hasta pronto" en lugar de decirles "adiós". El carácter de los personajes y ese mundo de distopía propio de las novelas futuristas de Ray Bradbury mueven perversamente al lector hacia una abierta y continua carcajada. Y los instrumentos para el suicidio, tan divertidos como inútiles, están hechos para todo tipo de degenerados con impulsos mortales: desde los preservativos rotos para contagiarse el Sida hasta el Kit Turing que incluye una manzana con cianuro y un lienzo con el que pintar la fruta antes de despedirse de la vida.
Y es que, en el fondo de esta novela desternillante, subyace una clara denuncia a la injusticia cometida con Alan Turing: un matemático inglés, considerado padre de la primera generación de ordenadores que fue juzgado y castrado químicamente por reconocer su homosexualidad. Un mártir a lo Oscar Wilde, pero con el agravante de que los hechos ocurrían medio siglo después. Tras quedarse impotente, contemplar como su figura se ensanchaba y le crecían pechos -todos efectos secundarios del tratamiento hormonal que le impusieron para rebajarle la lívido- Turing decidió quitarse la vida, aunque su muerte sigue constituyendo un enigma. Pintó un cuadro de una manzana inspirándose en el fruto que previamente había cubierto con cianuro y que estaba sobre su mesa. Luego se la comió, aunque no pudo acabársela por completo. Ésa es la principal teoría. Que llega incluso a explicar -según las mentes más retorcidas- que el símbolo de Apple sea una manzana mordida.

El caso es que en medio de tanta risa, el escritor Jean Teulé consigue meternos su mensaje entre las sienes: el peligro de un futuro regido por la histeria. Algo que en el pasado y a lo largo de la Historia se ha cobrado demasiadas víctimas. Por eso los Touvache, protagonistas de esta tragicomedia, tienen en su tienda una colección de lienzos con manzanas: algunas impresionistas, otras más realistas... Las hay incluso cubistas. Porque los propietarios de La Tienda de los Suicidas solicitan, a quien compre el Kit Turing para emular la muerte del matemático inglés, que leguen el lienzo a su negocio. Y así, están todos expuestos en la pared. Uno de los ejemplares es una manzana azul. "Ése lo pintó un daltónico", nos aclara el padre. Y uno sonríe, con el libro entre las manos y la torpeza del suicida.

Quizás lo más fabuloso de este libro es que su fantasía llega a ser tan hilarante que preocupa al lector. Y sientes cierta indefensión ante las ganas que te entran de visitar la tienda y contemplar todos aquellos extraños objetos. Darle un beso de la muerte a Marilyn, contemplar el vendaje de la cabeza de Vincent, alucinar con la fría ejecución del padre Mishima -que fabrica bloques de hormigón para arrojarse al río- y la siempre servicial Lucrèce, cocinando sus recetas ponzoñosas. Pero sobre todo, uno quiere espiar con orgullo a aquel joven extraño, el que sonríe permanentemente y que en un mundo adverso y plagado de suicidas conseguirá contagiar a todos de una estúpida pero efectiva pulsión por vivir.

"Mishima Tuvache sale del sótano con un saco de cemento entre los brazos y lo deja en el suelo mientras su mujer le cuenta lo sucedido:
-Esta clienta afirma que Alan está sonriendo.
-¿Qué dices Lucrèce?
Sacudiéndose un poco de polvo de cemento de las mangas , se acerca al niño y lo contempla largamente con aire dubitativo antes de diagnosticar:
-Seguramente tiene un cólico."

Y con tal rotundidad, el lector se convence de que un extraño pero placentero cólico, le acompaña a lo largo de la lectura. Y este es el mayor de los peligros para la rentabilidad de La tienda de los suicidas: atrapa.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Los últimos días del año

Todos poseemos un narrador interior. Un narrador secreto, omnisciente y Todopoderoso al que acostumbramos a llamar “conciencia”. Es el Pepito Grillo de todo humano, presente en todos los saraos del remordimiento, impertinente testigo de todo pensamiento. El mío hoy me ha recordado una de esas absurdas sentencias que hice hace algún tiempo, cuando era más joven y mi incipiente vista de lectora no me permitía entender los motivos que empujaban a alguien a releer un libro. Es decir –creía yo, en las postrimeras telarañas de mi adolescencia- que el revisionado de una película gozaba de justificaciones varias (con las siempre escurridizas imágenes salpicando la pantalla), pero un libro, con sus letras fijas e impresas... ¿qué motivos habría para volver a explorarlo?

Hace tiempo que me di cuenta de que tal sentencia poseía la certera estupidez que demasiadas veces acompaña a lo humano y como todo lo que aquél hace, hasta en sus axiomas preferidos, todo es revocable. El paso del tiempo y la pérdida de la pavería me han hecho caer alguna que otra vez en la relectura. Y, para asombro de aquella adolescente que llevo dentro, he descubierto que las letras no tienen nada de fijas e inmutables y que su propia melodía –al unirse unas con otras- no cesa de variar cada vez que los ojos retornan a ellas. Además –me digo ahora, a las puertas de un nuevo aniversario- creo que hay épocas en las que uno siempre vuelve, como arrastrado por una añoranza insalvable, como quien destapa la cajita de madera de su infancia para repasar sus tesoros. Llega el tiempo en el que uno siempre vuelve a releer porque, estoy convencida, de alguna forma, nos releemos a nosotros mismos. Se trata de algo más trascendental que transitar un camino ya andado: es descubrir y redescubrirse dentro de él. Alucinar con la oración más absurda –que en el pasado resultó tan ajena-, repasar las marcas en el texto, reexplorar el sentido oculto tras cada palabra. Quizás hoy peque de soberbia o de nostálgica al escribir esto, pero hoy me he enganchado a la relectura.

En este sentido, mi última gran re-adquisición ha sido Charlas con Troylo (1981) de Antonio Gala. Un tomo que me regaló en mi mayoría de edad una persona especial que apostó por los artículos periodísticos que con una sensibilidad evocadora, Gala compartía con su perro Troylo. Por aquel entonces, rememoro el olvido, el libro me gustó. Me ayudó a desvincular a su autor de aquella escena de La pasión Turca en la que Ana Belén respiraba agitada bajo su falda, extendida sobre sus labios, mientras yacía extasiada en el suelo de un autobús. Aquí he de explicar que Gala me sonaba como autor de aquella historia de adulterio a la que robé más de una escena en su versión cinematográfica, abusando de un despiste adulto más o menos ignorante de mi fascinación infantil ante aquellas imágenes. Charlas con Troylo también me hizo ver en su autor algo más que su presencia de excesiva y afectada galantería, que había presenciado más de una vez por televisión. Sí, es cierto, el libro me había mostrado algo que no veía, me había gustado.
Hoy volvió a mis manos para engatusarme. Lo encontré con ese misticismo de las casualidades, olvidado en el fondo de un cajón que ahora está lleno de pañales. Al abrirlo, percibí que se había contagiado de la frescura de esas tiras de celulosa con las que compartía habitáculo. Un sospechoso olor a talco perfumado me invitaba a pensar que era nuevo y cándido otra vez, a pesar de los subrayados, a pesar de las páginas dobladas. Y al mismo tiempo yo me asomé a las páginas con la simpática ingenuidad de aquel aroma. Al igual que a su pasado, uno sólo puede enfrentarse a la relectura así: con una curiosidad que no inhibe el deseo de superación, de superarse a uno mismo, a aquel lector primerizo que permanece suspendido en la memoria. Salí, pues, al encuentro de aquella que fui leyendo el libro hace años. Aquellos en los que, con mi educación de colegio de monjas, alucinaba con que alguien pudiese decir que “el hombre tuvo que abandonar el Paraíso porque comió del fruto del Árbol de la Ciencia y aprendió a distinguir el bien del mal”.
Hoy ya han sido otros autores –y otros amigos, y otros fantasmas- los que me han enseñado que los seres humanos podrían existir sin dioses, pero la deidad depende de la gente para existir. Y repaso con cierta altanería algunas de estas líneas y, en el extremo de este final de año, vuelvo a caer rendida en la profundidad de otras reflexiones medio caninas medio humanas que Antonio Gala hace en artículos como “Las doce uvas”. Un fragmento de este texto es el que reproduzco a continuación. Este es el regalo que desprendo de mi pasado y de mi relectura para todos aquellos que asomen el hocico curioso a este blog. Los últimos días del año siempre se prestan a la relectura, al recuerdo, al renacer. Son, de algún modo, eternos. Porque en ese tránsito, entre el repaso a lo vivido y los propósitos de lo que queda por vivir, también nos reinventamos. Gracias al narrador que todos llevamos dentro...

“Esta noche Troylo, atiende bien, va a empezar una década. ¿Te das cuenta? Empezar una década. Son palabras mayores. Los hombres no tenemos una vida muy larga. Nada de lo que vive tiene una vida demasiado larga: la vida es una historia que siempre acaba mal, porque siempre acaba con la muerte. Y, sin embargo, los hombres tenemos la necesidad de parcelar la vida, de trocearla, de marcarla con muescas, hitos, recordatorios, metas. Como si fuera tan inmensa que no pudiéramos mirarla, ni comprenderla, entera. Y es que nososotros somos todavía más cortos que la vida. Hablamos con indiferencia de días, horas, semanas, de meses. Cuando hablamos de años nos ponemos ya serios. Cumplimos años, nos dan miedo los años. Celebramos que se inaugure un año y nosotros sigamos con los ojos abiertos. Nos alegramos de que un año nuevo nos ofrezca su pequeña caja de sorpresas, porque eso quiere decir que estamos vivos. A pesar de que la caja esté vacía y seamos nosotros los que debamos tomarnos el trabajo de llenarla de cosas. De cosas confusas: un jazmín tardío, dos o tres atardeceres, alguna carta, la platilla de un caramelo, unas manos entrelazadas, un modo inolvidable de mirar, cierta música, una mañana limpia, el olor a fritanga de una verbena en la mitad de agosto, qué sé yo: la vida. Porque la vida, Troylo, por mucho que se diga, no es maravillosa, ni cruel, ni millonaria, ni apasionante, ni terrible. La vida, Troylo, es única: sólo eso. Es sencillamente lo único que tenemos. Y cada año viene, en nochevieja, con el regalo de su menuda cajita vacía.”

domingo, 13 de diciembre de 2009

Los Inadaptados

En la traducción hispanoamericana el título "Los Inadaptados" alude a la película de John Huston, "The Misfits" (1961), icono de la catástrofe personal de dos de sus grandes estrellas de reparto, Marilyn Monroe y Clark Gable, por ser la última cinta que rodaron antes de su repentino fallecimiento. La versión española, acostumbrada a la libre reinterpretación del idioma origen, acuñó el título de "Vidas rebeldes". Sin embargo, hoy prefiero adoptar el doblaje del otro lado del charco y, como la memoria asociativa también es caprichosa, hablar de "Los inadaptados" sin aludir en absoluto a la película de Huston.
Por disparatado que parezca, prefiero evocar a los inadaptados a través del relato de Jorge Semprún en su libro La escritura o la vida. Prefiero hablar de los inadaptados para denominar a esas cohortes de supervivientes del Holocausto y de los campos de concentración nazis que fueron atravesados por la llamarada abrasante de la muerte y, tras su supervivencia, despojados a una libertad que nunca sentirían plena. Inadaptados, aparecidos, como seres espectrales en un mundo convertido en rompecabezas, sin que ninguna pieza pareciese corresponder a su silueta. Apátridas, eternos huérfanos exiliados. Los inadaptados, hoy me sugiere, "la memoria de la muerte", ese recuerdo tenaz y obstinado, que siempre dejaba en evidencia "la fragilidad de la alegría de vivir". Tenía razón Paulo Coelho cuando en Verónika decide morir definía la locura como "la incapacidad de comunicarse". No hay mayor demencia que ésa: no encajar, no compartir códigos, ni sufrimientos. Quizás por esto aparezca la bifurcación: la escritura, es decir, el recuerdo impertinente haciéndose eterno a través de las letras; o la vida, aceptar la locura del olvido y la incomunicación para fingirse anclados en un mundo en el que todavía hay lugar para la inocencia. No fue fácil elegir, quizás por ello, Jorge Semprún tardó casi medio siglo en escribir este relato.

Uno de los mayores méritos narrativos que se pueden atribuir al relato de Semprún –quizás aplicado como mecanismo inconsciente de autodefensa- es cómo escamotea la desgracia, cómo se aleja de lo evidente y rehúsa la explicitud demostrada por otros autores como Primo Levi, cuando narran la cotidianeidad en aquellos reductos dominados por los nazis: “Debían ir a las cámaras de gas; sacar de las cámaras los cadáveres, quitarles de las mandíbulas los dientes de oro; cortar el pelo a las mujeres; (…) llevar los cuerpos a los crematorios y vigilar el funcionamiento de los hornos; sacar las cenizas y hacerlas desaparecer”, explica Levi en Los hundidos y los salvados. Otro superviviente a los campos de concentración nazis, Robert Antelme, casado con la escritora Marguerite Duras, también emplea una narración más explícita: “Empiezan a formarse costras, yo las arranco y sangran. No puedo más, voy a gritar. Soy mierda, es verdad, soy mierda”. La escritura o la vida tampoco es una narración cándida y meramente descriptiva, como puede ser el testimonio de la adolescente Ana Frank a través de su harto conocido diario. Por contra, Jorge Semprún emplea una narración dolorosa, asfixiante, escabrosa. Pero estos sentimientos son extraídos por la puerta de atrás, más reflexiva y profunda; huyendo de perogrulladas, del relato fácil. Quizás por esto necesitó la perspectiva de los años y la asunción de aquel pavor para escribir este libro. Quizás por ésto, se mostró abiertamente crítico con los relatos inmediatos que fueron surgiendo a partir de la liberación de los campos de prisioneros. “Lo esencial es conseguir superar la evidencia del horror para tratar de alcanzar la raíz del Mal radical”. Y añade, más adelante: “No pretendo ser un mero testimonio. De entrada, quiero evitarlo, evitarme la enumeración de los sufrimientos y de los horrores."

Lo más escabroso de esta narración es que, en ciertos momentos, hace al lector cómplice consciente de toda esa brutalidad, del desarraigo, del despojo humano, de la mugre anímica. Hace al lector consciente de que hay algo cruel en la existencia, una raíz instintiva de supervivencia que extrapola los límites de la moralidad, del propio deseo de estar vivos. Cuando uno cree que ya ha fallecido (o lo que es peor, cuando uno desea estar ya muerto) resulta que su corazón sigue latiendo y uno se convierte en un “aparecido” dentro de un mundo del que sólo se siente apátrida. "Entonces, miro. Quería ver, y veo. Quisiera estar muerto, pero veo, estoy vivo y veo", relata el escritor en El largo viaje.
En Jorge Semprún también encontramos una pretendida huída de la equidistancia sin por ello sacrificar la fe en la emotividad humana. Ante la madre de dos soldados alemanes fallecidos, escribe: "Intenta hacerme creer que todas los sufrimientos son iguales, que todas las muertes pesan lo mismo. (...) Ningún cadáver del ejército alemán pesará jamás el peso en humo de uno de mis compañeros muertos". Y sin embargo, en este extracto de El largo viaje, todavía cierta compasividad aflora hacia esa matriarca a la que han extirpado sus vísceras: "Comprendo que para ella la muerte de sus hijos sea lo más atroz, lo más injusto. No tengo fuerzas para decirle que comprendo su dolor pero que al mismo tiempo me alegro de que sus dos hijos hayan muerto, es decir, me alegro de que el ejército alemán haya sido aniquilado. No tengo fuerzas para decirle todo esto."

La fórmula narrativa empleada en el relato goza de un deje calderoniano, "toda esa vida no era más que un sueño, no era sino ilusión. Por mucho que acariciara el cuerpo de Odile, el perfil de sus caderas, la gracia de su nuca, sólo era un sueño”; y de una frescura pocas veces hallada en otros escritos de este tipo. Las descripciones están plagadas de puntos de fuga y, en este sentido, reproduce la espontaneidad de los propios pensamientos. La memoria es asociativa, los recuerdos asaltan la lógica del tiempo, huyen del presente al pasado, del pasado al futuro y regresan al punto de origen mediante numerosos flash-back y flash-forward. Utiliza figuras literarias como la anáfora o el polisíndeton para reforzar las ideas centrales de la narración. Los recuerdos, por tanto, se contradicen, se reiteran, se completan y chocan entre ellos. Como no hay tachones ni se puede borrar nada del relato, cada nuevo pensamiento se adhiere al anterior formando una argamasa heterogénea de experiencias y sensaciones.

Para Semprún, el único analgésico frente a la muerte es la colectivización de la experiencia con sus compañeros del campo de concentración. Simboliza con ello esa lucha perenne por la supervivencia a través de la convivencia: “Se convertía en mercado de ilusiones y de esperanzas, en zoco donde podían intercambiarse los objetos más heteróclitos por una rodaja de pan negro, unas pocas colillas de machorka, en ágora en fin donde intercambiar unas palabras, calderilla de un discurso de fraternidad, de resistencia.” En este sentido, es evidente que esa relación de camaradería con sus compañeros, desarrolló en Semprún una especie de síndrome de Estocolmo, donde la retención forzada acabó por domar el instinto libertario para facilitar la supervivencia más allá del “umbral de la muerte”. Ya ningún cigarro en libertad sabría como esas colillas de machorka y, tras definirse como apátrida, sólo cuando regresa a Buchenwald años más tarde reconoce que: “No pude decir que estuviera emocionado, el término es demasiado débil. Supe que volvía a casa.” De este modo, el escritor relata la verdadera esencia de los inadaptados: ya no tenía lengua materna, ya no podía ser repatriado porque, simplemente, no tenía patria; y sólo consigue finalizar su libro (cincuenta años depués de su liberación en 1945) con el regreso, el retorno a su herida, el único lugar donde siente suturar su dolor. Valga de ejemplo, la última frase de la novela: “En la cresta de Ettersberg, unas llamas anaranjadas sobresalían de los alto de la maciza chimenea del crematorio.” Buchenwald volvía a funcionar, el engranaje volvía a ponerse en funcionamiento, al menos, en su interior. Semprún “había hecho del exilio una patria”. Es decir, de ese continuo giro centrífugo, de ese continuo despojo, su único lugar habitable.


Para aquel joven estudiante de filosofía prisionero en Buchenwald, la violencia comenzó a hacerse tangible a través de la vejación. Él mismo admite que con anterioridad a la retención, creía que su cuerpo no era más que la prolongación de sus deseos. Sin embargo, sólo cuando el castigo físico comienza a hacer mella en él, es consciente de que cuerpo y mente se disociaban y se volvían contra sí mismo durante los interrogatorios. “Mi cuerpo se afirmaba a través de una insurrección visceral que pretendía negarme en tanto que ser moral.” Se producía, por tanto, una especie de sublimación en la que el dolor anteponía su existencia corporal sobre sus convicciones ideológicas. Para un intelectual de la talla de Semprún, este hecho es el comienzo de la anulación, la verdadera tortura. De hecho, La escritura o la vida arranca de este modo: “Desde hacía años yo vivía sin rostro”. Esta declaración no sólo evidencia la pérdida de identidad y la anulación física del ser humano, sino que además empuja a los afectados a una búsqueda constante del espejo, el reflejo del otro. El espejo es un fijador de la identidad. Una especie de laca que nos mantiene unidos a la Tierra. Sin él, sólo hay sombras, sucedáneos de gentes que no existen porque no se pueden ver. Por este motivo, Semprún encuentra en las miradas de sus compañeros, el único espejo de identificación humana, la única vía de corroboración existencial. La única cuerda de sujeción a la vida. En contraposición, quizás por ello necesita aclarar que: “También estaban los S.S., sin duda. Pero no era fácil captar su mirada. (…) La mirada del S.S., por el contrario, cargada de odio desasosegado, me remitía a la vida. Al deseo insensato de durar, de sobrevivir: de sobrevivirle.”
La narración de la violencia es, pues, en el caso de Jorge Semprún, una renuncia voluntaria a la explicitud, un intencionado escamoteo de la evidencia. Un relato en primera persona, un conjunto de recuerdos fetiches y reiterativos: los pájaros que no cantan, la nieve de aliento mortecino, la fraternidad en horas de muerte. Una reconstrucción poética y reflexiva del horror, un valiente empeño por sacar el brillo de la belleza literaria hasta en la experiencia más atroz. Una superación de la memoria y una asunción del horror como parte de la experiencia humana. La supervivencia como instinto que supera la lógica vital, entre la esperanza y la vida constantemente amenazada por la guirnalda de la muerte, suspendida sobre sus conciencias como una espada de Damocles que jamás será reversible. “Por fin me había despertado, otra vez –o todavía, o para siempre- en la realidad de Buchenwald: que jamás había salido de allí, a pesar de las apariencias, que jamás saldría de allí, a pesar de los simulacros y melindres de la existencia.”