miércoles, 18 de mayo de 2011

Penélope, poco pirata y demasiado Cruz

Con o sin premeditación, llegó a España en su mejor momento: en su cuerpo no queda ni rastro de la reciente maternidad y su cara tenía ese brillo especial de quien atraviesa la etapa más dulce de su vida. Radiante y cercana -podría decirse que en casa- Penélope Cruz ejerció como anfitriona entre sus compañeros del star system hollywodiense: junto a ella estaban el director de la cinta, Rob Marshall (realizador de Nine y Chicago), el productor Jerry Bruckeimer (uno de los más taquilleros) y los actores Àstrid Bergès-Frisbey (la embelesadora sirena de la cinta) y Sam Claflin (el predicador).



La intérprete española definió su participación en la cuarta entrega de Piratas del Caribe como “una de las mejores experiencias de su vida profesional” porque, entre otras cosas, le permitió viajar durante seis meses por todo el mundo. También se deshizo en halagos a Marshall, con el que ya había trabajado en Nine y, por supuesto, a su compañero de reparto, Johnny Depp (con el que dice compartir un sentido del humor "absurdo, pero gracioso"). Asimismo, adelantó que en la próxima película que rodará con Woody Allen su compañero de reparto será Roberto Benigni. Aunque explicó que el director de Manhattan no quiere que se den detalles sobre la película, sí indicó que se trata de una “comedia pura”. A buen seguro, el morbo estará servido en cuanto Allen y Benigni se encuentren en el mismo plano.
Sin embargo, más allá de las cuestiones puramente cinematográficas, en la presentación no hubo el golpe de efecto que, en el fondo, todos esperábamos. Ni una palabra sobre su hijo Leo, ni sobre Bardem, ni sobre cómo se siente una chica de Alcobendas con su propia estrella en el paseo de Hollywood o siendo invitada a subir al escenario durante un concierto de un icono como Prince. De hecho, el periodista que se atrevió a comentar algo sobre su maternidad -creo que, en general, todos pecamos de excesivo respeto a evitar lo personal- provocó el único momento tenso de la rueda de prensa. Y eso que la pregunta pasaba muy por encima las cuestiones íntimas: "¿cree que su reciente maternidad la enriquece como actriz?" La sonrisa de Pe se desmontó por un instante aunque, más que pudor a contestar, intuyo que lo que le molestó fue saber que alguien podía atreverse a saltarse las reglas y mencionar el tema. Sin embargo, después de un incómodo silencio, contestó resuelta, distendida. Explicó que "ser madre te enriquece como persona" y añadió que "algo tan maravilloso y tan fuerte tiene un efecto en ti y en todas las áreas de tu vida". Eso fue todo. Después de casi seis meses sin pisar España nos hemos quedado con más ganas de Penélope Cruz. Con ganas de que se borrase esa absurda muralla que se ha forjado en torno a los suyos. Podría haberse ido un poco de mal rollo. Pero no fue el caso. Aunque hay que reconocer que, pese a las críticas, pese a que se eche de menos un poco de esa frescura de extrarradio y de esa osadía pirata, esta chica nos sigue hipnotizando. Quizá por eso sigue consiguiendo que el periodista incómodo que todos deberíamos llevar dentro se quede enmudecido mientras ve tintinear su melena de un lado al otro de su cara.

lunes, 2 de mayo de 2011

Una vieja cuentista

La rutina es un frasco de cristal. Uno malvive en su estructura cristalina y apenas se da cuenta de que está encerrado. Sólo cuando la inspiración posa sus gruesos dedos sobre su superficie puedes apreciar que vives protegido, pero con el abominable riesgo de que todo se empañe. La vida, realmente, está allí fuera. Tú sólo percibes destellos de la realidad, nítidas imágenes que hacen olvidar tu ausencia. Sí, observas la vida porque la pecera es transparente y crees que los sueños siguen estando al alcance de tu vista. Y, sin embargo, un triste día envalentonado quieres desentumecer los dedos para llevarte un poco de aire a la boca y te das cuenta: estás enjaulado.

Pero lo más maravilloso del cristal es que es frágil. Y los dedos, unidos y frustrados, pueden convertirse en puños. Y los puños, en libertad (siempre y cuando uno golpee a su pequeño frasco cristalino). A veces esas sacudidas que transforman tu mundo (parecidas a las termitas que devoran tus entrañas cuando estás enamorado) llegan de forma involuntaria, son ecos de lo que hay más allá de tu pecera. Y debo confesar, llegados a este punto, que el motivo que ha devuelto algo de sangre a mi vena literaria tiene nombre de mujer y pose de anciana: Ana María Matute. Ella es una niña enjaulada en un cuerpo viejo y, sin embargo, es capaz de motivar a esos jóvenes de conciencia octogenaria mendigando entre carnes adolescentes. Me conmueve su cuerpo absorbido por los años, esa voz frágil de palabras contundentes. Esa edad de despedida abarrotada de entusiasmo. No me gusta decir anciana. Es un eufemismo estéril. Decir "viejo" es decir "vivido". Y Matute es una cuentista con mucha vida. Real o inventada. Pero tan vivida que produce recelo.

Podría hablar de lo fabuloso que me pareció su discurso durante la recepción del Cervantes y no sólo por aquello de “quien no inventa no vive”. Podría hablar de su ironía cuando dijo que “el optimismo y los planes de futuro, a los 85 años, son cuestiones a meditar o poner en tela de juicio”, de lo fabulosa (qué oportuna palabra) que me pareció su reivindicación de la dignidad del cuento y su rechazo a las estúpidas revisiones que, sobre ellos, siempre vierten las aspiraciones políticas de poco fuelle. Podría hablar del horror de sus ojos condensado en aquello que los libros de historia resumen bajo el epígrafe Guerra Civil y que Matute no pudo eludir en su texto. Podría destacar muchas cosas y, sin embargo, me quedo con ella. Con sus palabras. Con su cuerpo viejo. Con sus invenciones. Con esa cariñosa bofetada que ha inspirado este humilde comentario. Me quedo con Ana María Matute, con la imaginación que peina en cada cana, con las horas de escritura que se leen en sus ojeras. Me quedo con ella porque ha inventado un mundo y trescientos universos. Porque dibuja sonrisas y borra decepciones. Me quedo con ella, porque su cuerpo viejo está fuera. Más allá del frasco de cristal.

martes, 15 de febrero de 2011

La ciudad de los tejados encendidos

Son las siete de la mañana. Enciendo la radio en busca de esas voces informativas que sintonicen mis bostezos con la vida que hay despierta más allá de las paredes del hotel. Estoy en Lexington Avenue con la 49. La nomenclatura de las calles y su división cuadriculada posibilitan que hasta un pato mareado, como esta que les escribe, pueda aplacar su torpeza orientativa. Ni el jetlag ni el cansancio impiden apreciar los detalles de esta ciudad que es cine en estado puro. Nueva York, sin quererlo, es un lugar común y todos pertenecemos a ella. Es como si de pronto uno hubiese entrado por la pantalla de su televisor y pudiese habitar esa cultura tantas veces aludida a través de las películas.

Creo que ésa es una de las razones por las que Nueva York es tan maravillosa e impactante. Que ¿por qué resulta fabulosa? Porque no decepciona. Es justamente como te la esperas: La nieve negruzca amontonada en las esquinas, las humeantes alcantarillas, los puestos de Hot Dog que perfuman la calle seduciendo a tu apetito. Son también esos ortopédicos y rectangulares taxis amarillos que Robert de Niro condujo en el 76 y, de algún modo, casi te convences de que encontrarás a una jovencísima Jodie Foster de faena por las esquinas. Tambien, al transitar la 5ª Avenida, parece que Audrey Hepburn esté todavía frente a la puerta de Tiffany´s tomando su desayuno antes de conocer a Hannibal, el de El Equipo A, pero cuando aún no tenía un puro en la boca, ni la cabellera cubierta de canas, ni se le había relajado su porte seductora. Y llegas a entender por qué sobre la moqueta de esa joyería, Holly Dougherty sentía que el miedo se había escurrido en alguna alcantarilla muy lejos de allí.

Sí, Nueva York es éso: la gente comiendo noodles con palillos chinos, los transeúntes bebiendo por la calle su café recién comprado en los cientos de Starbucks que dominan cada rincón comercial. Son las pistas de hielo y los enamorados dibujando sus I love you sobre la superficie cristalina de un 14 de febrero. Son los cegadores carteles luminosos de Times Square, la omnipresente publicidad, es Frank Sinatra cantando eternamente su New York, New York y es Petula Clark invitándote a ir al centro de la ciudad con su Downtown, allí donde la luz es más brillante, allí donde todo parece suplicarte que gastes ese puñado de billetes de un dólar que te llenan los bolsillos y con los que finges una opulencia que sólo es aparente. Son los majestuosos edificios que brotan de todas partes y que fomentan un persistente dolor de cervicales en los turistas. Es el Subway con sus elegantes y clásicas entradas y son las iglesias con coros gospel animándote a tener fe, a creer que quizás sí, de este modo, uno puede encontrar ese sentido de trascendencia que tantas veces se agarrota. Hasta nosotros, los atolondrados visitantes, somos parte de la imagen de esta ciudad, retratándonos en Wall Street, conmoviéndonos a orillas del río Hudson, apabullados bajo la inmensidad de la Estatua de la Libertad, pasando al lado de ese grupo de asiáticos con cámaras que lo mismo alucinan ante el David de Miguel Ángel como ante el primer letrero que Pepsi colocó en Estados Unidos.
Pero lo que mas me enamora de esta ciudades es su afán de compensar con toda clase de luminarias, esa luz natural que comienza a apagarse hacia las cinco de la tarde. Hasta los tejados brillan con un esplendor tan artificioso como seductor, señalándote su fabulosa construcción, recordándote que el vértigo parece menos pronunciado si uno enciende sus sentidos y los deja volar.
Lo cierto es que uno acaba atesorando tantas imágenes sobre Nueva York, que de vuelta, apenas logra diferenciar cuáles le son propias y cuáles no. A estas alturas del rascacielo de mi memoria, parece que lo único que persiste con asombrosa certeza es ese tenaz gusanillo buscando regresar al ombligo de su gran manzana.

lunes, 7 de febrero de 2011

Sin remordimiento

El olvido es un don caprichoso, pero lo es más aún el recuerdo. Aquel profesor con ojos de egipcio, que todavía asalta alguna de mis reflexiones noctámbulas, ya me hizopensar una vez en la importancia de la memoria porque, al fin y al cabo, es lo que nos hace ser. Sin memoria, no existiríamos. Sin el recuerdo del ayer, naceríamos a cada instante y ese ejercicio de reiterada virginidad puede resultar algo agotador. Por eso me fascina pensar que no es la personalidad lo que nos define, sino el recuerdo que tenemos de nosotros mismos, nuestro empeño loco por perpetuar ciertas pautas que hacemos propias y que consiguen hacernos diferentes –un poco diferentes- a los ojos de los demás.

Pienso en esto ahora, después de haber vivido uno de esos episodios en los que uno recuerda con el piloto automático puesto, como cuando te atas los cordones sin hacer de tus dedos un nudo o como cuando consigues cambiar la marcha y pisar el embrague sin tener que coordinar cada movimiento. Resulta curioso, y me atrevería a decir placentero, vivir uno de esos instantes en los que la memoria hace su trabajo mientras tú asistes atónito al espectáculo del ayer. Que una melodía dé sus primeras punzadas y tu lengua, como recién levantada de su letargo, comience a danzar con la letra de la canción, sin dejarse una coma atrás. Por muchos años que hayan transcurrido, recuerdas hasta los chasquidos que da la música cuando ya no debes decir nada, recuerdas cada giro, cada agudo y cada grave, recuerdas y ni siquiera sabes cómo ni por qué, pero de pronto, tú ya no eres tú, sino la imagen caduca de tu pasado. Y una letra, una estúpida letra, se convierte en el viaje más fascinante que puedes hacer sin necesidad de soltar las amarras de tu propio puerto, porque ahí está todo, como lo estaba entonces: la quietud del campo y aquel DVD plateado que costó un riñón y que ahora cambiarías en cualquier CashConverter por un diente picado, pero que entonces era lo más y conseguía reproducir tus CDs mientras el logotipo con su marca rebotaba de un lado a otro dentro del marco de la tele. Sí, ahí están las horas, aquellas horas que vuelven: el olor de un invierno pausado y feliz, los muebles rústicos de la casa, el ladrido lejano de un perro, la cortina estampada que nunca lavaste, aquel sofá incómodo que conseguiste domar en alguna que otra siesta. Todo, en una canción. En una letra que atesoras en la memoria, sin darte cuenta, como si nunca se hubiese ido del todo y ahora regresase para proporcionarte esa misma placentera felicidad que te dan cinco euros arrugados en el fondo del bolsillo.

La memoria es caprichosa, pero no tiene prejuicios. Es como si todos tuviésemos nombre, pero nadie pudiese recordar sus apellidos. El recuerdo es puro hasta cuando nuestra imaginación pone de su parte al crearlo. Y lo más fascinante del recuerdo es que uno siempre lucha contra él, porque en el fondo, intenta echarle un pulso al tiempo y salir ganando, para traerlo de nuevo, o para echarlo de nuestra vida para siempre. El recuerdo está ahí, como esa palanca que te sube las lágrimas a la azotea al ver el final de Toy Story 3 o la secuencia en la que el foco descubre al personaje de Roberto Benigni en La vida es Bella. Es la misma palanca y son las mismas lágrimas, en ellas va algo de nosotros mismos. Y nos da igual que la película nos hable de unos muñecos a punto de convertirse en plástico fundido o de un judío luchando por sobrevivir al Holocausto porque el tornillo que nos atraviesa la tráquea es siempre el mismo y acaba por enjuagarnos los ojos sin ninguna clase de prejuicio. La náusea es instintiva, emocional, salvaje; el vómito, sin embargo, es un acto racional. Por eso, las lágrimas y el recuerdo son arcadas y hay que disfrutarlas como tales, así, como vienen desfilando, al igual que la letra de aquella canción. ¿Por qué ponerle apellidos?

domingo, 28 de noviembre de 2010

Cuando la libertad se llamaba 'tupperware'

En literatura hay toda una mística sobre el retorno. Al igual que transmite lúcidamente el tango de Gardel, 'Volver' puede resultar una experiencia demasiado dolorosa porque enfrenta al ser humano con uno de sus más temibles enemigos: el pasado.


Y es que, los lugares parecen poseer una cualidad especial para retener la nostalgia, para suspender las vidas en ese punto exacto donde uno las dejó. Enfrentarse a ese recuerdo es la última etapa de la huida ya que, por lo general, cualquier partida que busca el olvido acaba irremediablemente en el regreso. En esas está Natalia, el personaje que Montserrat Roig construye en su Tiempo de Cerezas. Catalogada como novela "del desarraigo y el retorno" esta obra le valió a su autora el premio San Jordi en 1976. Después de varios años de exilio voluntario, la protagonista, Natalia, regresa a su Barcelona natal con la muerte de Puig Antich como telón de fondo. Allí percibe las contradicciones de una sociedad en proceso de transformación que sigue contagiada por ese germen de nauseabundo olor a rancio, perfectamente reflejada en su familia burguesa, que es incapaz de depurar las heridas y los silencios que llenaron de fantasmas y represión su propia casa.
Uno de los grandes atractivos de esta obra es cómo a través del relato el lector va percibiendo los símbolos de toda esa generación mutilada por una educación sectaria, obligada a enmudecer ante una autoridad deslucida y sin argumentos que acabó inculcando en los supervivientes su inestimable herencia de silencios y desigualdades. Cada personaje salvaguarda la identidad de ese tiempo que ahora podemos contemplar desde una perspectiva lejana, como hijos de una nueva etapa que por entonces ni siquiera se había construido. Tiempos en los que Elena Francis representaba la cara más accesible de la libertad para mujeres que, escudadas en el anonimato de la radio, bombardeaban a este singular personaje con las dudas que nunca se les había permitido decir en voz alta. Y aunque los consejos no desentonaban de la prosaica educación que recibían, quizás el mero hecho de ser protagonistas, aunque fuese de una manera efímera, les hacía ser alguien en aquella sociedad que se empeñaba en homegeneizarlas, como si todas fuesen la misma cosa.





El afán de denuncia de la situación de la mujer es el estribillo de una obra en la que, por encima de la idea de retorno, subyace la desesperación de quien está atrapado en una moralidad asfixiante. Las mujeres de aquella generación fueron las verdaderas víctimas de este estado. Mujeres para las que la modernidad y el progresismo era que sus maridos les dejasen hacer reuniones de tupperware. Mujeres de femenidad herida, abocadas a contener sus aspiraciones en el corsé que primero apretaban las monjas y luego ajustaban los maridos. Mujeres para las que El útimo tango de Marlon Brando era lo más cerca que podían estar de hablar del sexo sin más tapujos que el rubor de cortesía para la época. Amas de casa escudadas bajo el tejado de sus casas, con la obsesión de mantener en orden aquel "reducto del amor perdido". Mujeres obligadas a divertirse comprando la ropa de sus esposos, aprovechando la excusa de las tiendas para poder reunirse sin remordimientos. Y en medio de todas ellas, Natalia, el bicho raro, perteneciente a esa "generación de la pastilla" que se asombra ante las que confiesan que "sólo quieren ser madres". La protagonista es un islote en un mar de conformismo y resignación. "He vuelto con afán de comprender, se decía Natalia, y no entiendo apenas nada".


En este sentido, la mujer y la libertad, a través del idioma, constituyen el epicentro temático en la obra de Montserrat Roig. Y, para las mentes sensibles, no lo hace desde el punto de vista de los reproches sino desde la autocrítica. No en vano, en Dime que me quieres aunque sea mentira, reconoció que “sin Franco, sin las monjas, la escritora también hubiera necesitado escribir”.

Roig hace gala de una narración salpicada, mezclando los recuerdos con el presente, enseñando que el pasado es un amigo tan inoportuno como rencoroso. Además, su escritura 'de corrida' en la que los diálogos y la voz descriptiva se mezclan con frescura, salvan la distancia de un narrador en tercera persona y transmite la espontaneidad de aquello que uno se cuenta a sí mismo. La manera en que desgrana sus vidas, de forma salteada, va conformando su unidad y encajando como un puzzle con el avanzar de la lectura. Y es que, por mucho que se empeñen las flechas del tiempo, ninguna vida es lineal.

Al igual que la narradora admira en Proust esa forma de valorar las cosas por su significado, en Montserrat Roig hay una sinceridad lúcida y consoladora que enseña a apreciar la vida no sólo por lo que es, sino por lo que evoca e inspira. Con una narración cálida y roja, como las cerezas maduras, la escritora catalana reconstruye un atormentado y enriquecedor viaje al pasado, que no es distinto al que todos realizamos cuando nos atrevemos a mirar a los ojos a la persona que fuimos.

sábado, 20 de noviembre de 2010

'Sexo por compasión', una impecable ópera prima

Cierto tipo de películas están fomentando la frigidez emocional del espectador. Algunos creen que hacer cine es como comer pipas y, una vez dominada la técnica, ya tienen asegurado el automatismo. Para evitar la hinchazón de labios a causa del exceso de sal, es mejor recuperar esas cintas que, extrañamente, consiguen que la memoria segregue un agradable recuerdo. En este sentido, Sexo por compasión es una película tangible, que aporta algo real e innovador y pertenece a ese selecto plantel de producciones que se quedan enredadas en la lengua para hacerse recomendables.

Comedia estrenada en 1999, Sexo por Compasión fue la ópera prima de Laura Mañá, directora, guionista y actriz, que algunos recordarán dando vida a la dogmática miliciana de Libertarias (1996), que atolondra a un grupo de prostitutas con un encendido discurso sobre dignidad y camaradería.








Y es que son muchos los atributos de Laura Mañá y casi todos están condensados en este primer trabajo. Como guionista hay que reconocer en ella una indudable capacidad para recrear un mundo propio y reflejar un estilo que guarda muchos parentescos con el realismo mágico. Sexo por compasión es un buen ejemplo de esta faceta creativa. Ambientada en un tiempo indefinible, en un pueblo descolorido que ha perdido el entusiasmo, la profundidad de los personajes y ese toque hiperbólico de su carácter inducen a un ambiente surrealista, al estilo de Amanece que no es poco, pero sin el punto histriónico de la película de José Luis Cuerda.




La actriz María Barranco, al hilo de su interpretación en el último trabajo de Mañá, La vida empieza hoy, confesaba en una entrevista que gracias a su formación interpretativa esta directora cuida a sus actores y no los trata como "muñecos". No en vano, al frente de un sólido reparto, con Elizabeth Margoni a la cabeza, en Sexo por compasión consigue que la profundidad de sus personajes no quede eclipsada por la popularidad de actores tan reconocibles como Álex Angulo, Pilar Bardem, Mariola Fuentes o Pepe Sancho. En este plantel de figuras, debo reconocer mi debilidad por una Elizabeth Margoni que hace increíblemente creíble un personaje como Dolores, esa católica ferviente que, impulsada por sus deseos de amor al prójimo acabará regalando lo prohibido... hasta el punto de convertir el pecado en una obra de caridad. Margoni es el cuerpo generoso que irradia dulzura yla voz que en cada frase entonada seduce al modo de un canto de sirena. Su cara angelical y esa resignación bondadosa que consigue transmitir constituyen gran parte de su acierto interpretativo. Todo ello, sumado a la atemporalidad de la narración y a unos personajes tan cautivadores y fantásticos como la vieja Leocadia -obsesionada por retratarse cada mañana en una nueva fotografía-, la lospareja de enamorados sin más ruegos a San Antonio que valor para confesar sus sentimientos y ese displicente universo masculino -que emplea como pilares el papel del cura y el del marido- corroído por la santidad de Dolores. Todos estos personajes sustentados en el áurea de la protagonista, cuya capacidad de entrega parece no tener límites, recrean un cruce de relaciones hilarante hasta el punto de que la acaban elevando a la categoría de mártir. Una mártir moderna que carga con abnegación las patologías de sus singulares vecinos.



Las preguntas, cargadas de moralina, no tardan en emerger ¿Cómo sería una santa en el siglo XXI? ¿En qué consistiría su generosidad? ¿Sería vista la bondad extrema como un acto de soberbia? Divertida e irónica, el personaje de Dolores se acaba convirtiendo en una especie de Meca cristiana a la que todos deben visitar. Pero, como es sabido, la perfección no es bien acogida siempre, ni siquiera en esta suerte de Macondo cinematográfico. En ese toque disparatado y a la vez tan verosímil está toda la fuerza creativa de Mañá y gran parte de su maridaje con el realismo mágico, que no está reñido con el afán reflexivo que se resguarda en el fondo de la película.



Por su parte, el protagonista masculino y marido de la Santa, encarnado por Pepe Sancho, viene a ser una imitación del José bíblico, condenado a vivir a la sombra de una virgen. Sin embargo, ayudado por su carácter, medio áspero, medio sentimental, acabará demostrando que detrás de una gran mujer bien puede esconderse un hombre profundo abochornado por la grandeza de su cónyuge.





En el apartado técnico, el realismo mágico se refleja en un juego de luces que recuerda la fábula y el oportunismo que Victor Fleming empleó en El mago de Oz, pasando de una vida en escala de grises a otra de intenso color motivada por la hilarante acción de los personajes. Con este tipo de rasgos, Laura Mañá muestra que es atrevida y eficiente, adjetivos que no siempre van de la mano. Y es que Sexo por compasión es una comedia en la que no sólo se habla de un guión cuidado y de unos protagonistas perfectamente definidos, sino que tratamos una composición de planos pictóricos en los que la fuerza de la imagen sustenta la narración sin necesidad de diálogo, como muestran los primeros minutos de la película.


En definitiva, en su faceta como realizadora Laura Mañá es imaginativa y soprendente y hace al espectador partícipe de un mundo interior rico y profundo. De una indudable calidez, esta ópera prima consigue una factura envidiable definiendo las pautas de un estilo propio, que muchos no han sabido proyectar a lo largo de toda su vida profesional. Tierna, fantasiosa y cómica de principio a fin, Sexo por compasión es una excelente ventana por la que contemplar el cautivador universo de esta directora.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Poética del viento

En el temple y la inacción anida cierta muerte, al menos para el poeta. En palabras del Julio César de Shakespeare "la quietud, enferma de reposo, desesperada quiere volcar las cosas". Así que los histriónicos e hiperactivos como esta Trilby han tenido este lunes réplica metereológica y han hallado cierto alivio emocional en ese revoltijo de bufidos salidos de los labios del señor Eolo. Porque más que el frío, más que la amenaza constante de lluvia, lo que se ha impuesto es ese improperio de la ventisca, ese cegar los ojos y mover las cosas, ese verter lo inerte y helar lo que está vivo.

El viento ha conseguido desnudar a los árboles de un plumazo. Ellos, que aún conservaban con remilgo las vergüenzas de la primavera, han sido sacudidos por esa ráfaga de otoño que los ha dejado de una vez con el tronco expuesto a los caprichos de la estación.

Y es que este lunes, antes que agua, han llovido hojas secas. Es la poética de este otoño subrepticio que se ha eregido repentinamente ante nuestros ojos. Las calles han vuelto a recoger los cuerpos ateridos de los que madrugaban para caminar con la cabeza entre los hombros intentando engañar al frío. Otros han tenido que esquivar los carteles publicitarios de quioscos y negocios, que volaban reclamando su minuto de gloria. Algunos, incluso, han sido brutalmente atacados por hojas de periódico que se abrazaban a sus rostros buscando consuelo... mártires diarios que han vivido esta jornada empachados de visitas papales y milagros.




Día, pues, para enredarse a la manta y emborracharse de caldo, para tener al fuego la cafetera y dejar que sus jugos nos abrasen por dentro mientras el viento hace lo suyo arañando los cristales, recordándonos su irreprochable inmensidad. Y es en ese recogimiento, en esa búsqueda de protección hogareña es cuando nos subimos a lomos del otoño sin calentamiento ni preámbulos. Por una vez, parece que los preliminares han perdido todo el romanticismo y que, vareados por el bufido otoñal, hemos abrazado el equinoccio con la intensidad de un reencuentro frugal que apenas acontece una vez al año y que, como todo lo realmente bello, es común a todos los mortales.
¿Que por qué me gusta el otoño? Porque nos pone un paso más cerca de una nueva primavera.