miércoles, 20 de noviembre de 2013

Savater, el pensador incómodo

El renglón torcido siempre resulta ser ese primero y escurridizo que se resiste a abandonar los límites de la mente para transfigurarse en el papel, para manchar su impecable superficie y perder con ello esa segura y cálida grandeza que le confieren las fronteras del pensamiento. El aliento gélido que empapa al país estos días es un lastre para las ya de por sí amodorradas manos del escribiente, siempre en busca del reconfortante calor del silencio, siempre queriendo sentirse presas, así, la una con la otra, para no vomitar palabra alguna sobre el teclado, para dejarse llevar por ese fuego narcótico que desprende la piel... Pero, al margen de los violáceos delirios que el frío pueda dibujar sobre ellas, la lectura puede ser un refugio y la excusa perfecta para cobijarse bajo la manta y colonizar el sofá. Eso sí, Figuraciones mías (Ariel), de Fernando Savater, no invita precisamente a adormecerse, sino a arañar la curiosidad del lector incitándole a ser partícipe de sus reflexiones. El libro recoge una selección de artículos periodísticos el aquejado género al que el autor ya supone el rigor mortis de un cadáver y se divide en tres partes: "Admiraciones", en la que desgrana algunas de sus pasiones lectoras, "La dificultad de educar", donde aborda aspectos sobre la enseñanza pública y "Envueltos en la red", en la que escribe sobre el ciberespionaje y la propiedad intelectual, entre otros.
Poco dado a la displicencia, el aplaudido autor de Ética para Amador demuestra una vez más ser uno de esos padres intelectuales a los que siempre se puede recurrir para encontrar un comentario lúcido y sereno, aunque, al igual que ocurre con los progenitores biológicos, a menudo se tengan demasiadas objeciones a sus razonamientos. De hecho, Savater conjuga el encanto del pensador incómodo: lo mismo ofrece argumentos a las posiciones más conservadoras, que defiende la educación laica y la asignatura de Educación para la Ciudadanía, para disgusto de Rouco Varela. En palabras del autor de Figuraciones mías: "Uno puede envidiar la fe como puede envidiar a quien está borracho, porque mientras le dura ese atontamiento exaltado se siente a gusto." 
Pero, dejando a un lado los temas más polémicos entre los que se incluyen juicios sobre los nacionalismos, a los que el filósofo aplica la genuina "moral del pedo" (que acuñó Ferlosio) para referirse al inmovilismo de algunas convicciones, ya que, para muchos "sólo huelen mal las de los otros", que no dejarán indiferente al lector; a mi juicio, la parte más interesante de este recopilatorio es, aún a riesgo de desdeñar su opinión sobre temas candentes de la actualidad, la que se refiere a su faceta como lector. Lejos del complejo de escritor y del impertinente alarido del filósofo, ese Savater arrodillado antes los grandes se me antoja más magnánimo y certero. Especialmente, por debilidad de esta Trilby, me resultaron muy atinados sus comentarios sobre Virginia Woolf, no sólo en los aspectos de mayor consenso entre los literatos "no hay una 'literatura femenina', a efectos críticos, pero sin duda ha habido una larga lucha femenina para abrirse paso en la literatura monopolizada y dirigida por la autoridad de los varones. Si hoy, afortunadamente, esa batalla está ya decidida y han ganado las buenas, a pocas personas debe tanto ese triunfo como a Virginia Woolf. Llamarla 'escritora' a secas es poco, porque fue en toda la extensión del término una 'mujer de letras', una humanista en el sentido más moderno e innovador de esa calificación", escribe Savater, sino en los que revela su más sincera admiración, desde la humildad de un lector encandilado ¿ y apabullado? por la inigualable autora de Las olas. "Ninguno de quienes la hemos amado a través de la lectura podemos consolarnos de no haberla oído conversar", asegura Savater. Pero si hay una reflexión que me ha conmovido es, sin atisbo de duda, la que se refiere al fallecimiento de la escritora británica. El filósofo opta, como prefiere cualquiera que haya sentido el pulso vitalista e inconfundible de la obra de Woolf, por desmitificar y contextualizar su suicidio en el río Ouse: "No conozco escrito más emocionante intelectualmente emocionante, no sólo sentimental que la carta de despedida a su marido Leonard cuando decidió suicidarse. Acaba con la frase más terrible y sincera ('No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que hemos sido tú y yo'), la declaración estremecedora de que ni siquiera la felicidad basta. Lo que más tememos oír. Y comienza: 'Siento que voy a enloquecer de nuevo'. Pero no se trataba solamente de un pánico por la cordura personal. Los nazis amenazaban con invadir Inglaterra y la tenían en la lista de personalidades que debían ser eliminadas cuando dominaran la isla. Ella presintió que formaba parte natural e inevitable del enemigo de los bárbaros y que era en realidad Europa la que iba a enloquecer de nuevo." Así, elevada a metáfora, convertida en un trasunto de esa Europa agónica y delirante, la muerte de Woolf vuelve a dar pie a los argumentos más románticos, aunque no deje de ser, desgraciadamente, el precipitado punto y final con el que se cerró su biografía.

Savater junto al busto de Virginia Woolf

Será por ese indudable misterio que envuelve los designios de la Parca, la muerte, inevitable, circunstancial, parece empeñarse en querer definirnos. Como Savater comenta en otro de los artículos, "El Averno, la casa de todos", hay una suerte de "ciudadanía forzosa" que distingue e identifica a quienes han transitado por el inframundo. Según recoge Savater, citando el relato de Leónidas Andreiev sobre la resurrección de Lázaro, "el beneficiado nunca dejó de inspirar sobresalto por su inconfundible aroma al más allá". Resulta tan curioso como fácil de imaginar pensar en ese Lázaro devuelto a la vida para sufrir el repudio y el recelo de sus vecinos, que una se plantea si el reverso cruel de los milagros no será una efectiva forma para que aceptemos, pese a todo, las ventajas de la finitud. Aunque, con el permiso del filósofo, puede que sólo sean figuraciones mías.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Libros que nunca quisieron ser escritos

Esos extraños días de reflexiones sonámbulas, de inquietudes desmayadas a los pies de la cama, resultan ser en ocasiones la mejor atmósfera en la que elaborar una clasificación de libros más allá de géneros y otras etiquetas comerciales. Hay algunos ejemplares que, como si formasen parte de la colección de un taxidermista, sólo sirven para adornar y mostrar a las visitas la mueca absurda de su presencia. También están los libros tímidos –que siempre pasan inadvertidos–, los evocadores –que conservan en sus tapas la secuela de algún recuerdo–, los regios –pomposos tomos a los que todos hacen reverencias–, los temidos –que desloman con su obesidad la rectitud de las baldas… Y así un largo etcétera hasta llegar a una categoría singular: los que nunca quisieron ser escritos. Son fantasmagóricas anomalías, dolorosos engendros que brotan lejos de las fronteras de la imaginación: allí donde la realidad les otorga talante de tragedia. Dentro de los relatos autobiográficos, este subgénero herido que muchos han llamado literatura del duelo constituye generalmente un punto de inflexión en la trayectoria de sus autores. Si Mortal y Rosa (1975), considerada una obra cumbre del siglo XX, permitió a Francisco Umbral descubrir la hiriente belleza de lo que él mismo calificó como “memoria simultánea” –al revivir a su hijo fallecido–; la pérdida, eternizada a través de las páginas, continúa propiciando excepciones y rarezas en la trayectoria de escritores tocados por la muerte, que se asoman al abismo de la desesperación cargados de palabras para henchir la tripa de ese monstruo que amenazan con devorarlos. 

Así lo describe Francisco Goldman en Di su nombre (Sexto Piso), el libro que escribió tras perder a su esposa Aura Estrada en un trágico accidente en las playas de Oaxaca. Una novela dictada desde la locura, escrita desde ese borde patológico en el que la literatura pierde su aliento terapéutico para convertirse en una prisión de frustración y llanto. Violento, herido, evocador, nostálgico, rabioso, un Goldman atormentado por la culpa y la pérdida resucita a Aura para que el lector se enamore de ella, de su brillante mente y de sus desequilibrios e inseguridades, y eterniza su recuerdo para intentar echar un pulso a la muerte. "Abrázala fuerte, si está contigo. Abrázala fuerte –pensé. Respírala. Ése es el consejo que doy a todos los vivos. Respírala. Mete la nariz en su pelo. Respírala profundamente. Di su nombre. Siempre será su nombre. Ni siquiera la muerte te lo puede robar", escribe. Libro duro y de difícil digestión, este paseo por los arrabales de la desesperación se convierte, al final, en un canto a la vida. 

Aura Estrada y Francisco Goldman el día de su boda
Una idea que también está presente en La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral), una obra en la que Rosa Montero evoca la pérdida de su pareja, Pablo Lizcano, a través de retazos biográficos sobre Marie Curie, a quien sorprendió la viudez después de que su marido Pierre fuese atropellado por un coche de caballos. Más pudorosa que Goldman –al fin y al cabo, la Premio Nobel polaca se acaba convirtiendo en una excusa para redimir sus propios recuerdos– Montero demuestra una vez más que es en la realidad, en su hábil forma de abordar los periplos vitales, donde se encuentra su mejor literatura. Su capacidad de hacer del ensayo una adictiva novela es, a juicio de esta Trilby, uno de sus aspectos más atrayentes como autora. Lo demostró en obras como La loca de la casa, Historias de Mujeres y Amantes y enemigos, su forma de diseccionar perfiles biográficos y convertirlos en una insaciable fuente de curiosidades y anécdotas en las que vernos reflejados constituyen una de sus mejores armas narrativas. A pesar de que la escritora, embriagada por los efluvios de la fantasía, suele preferir la novela como terreno de batalla, a excepción de Historia del Rey Transparente, ninguna de sus ficciones ha conseguido disparar mi síndrome de abstinencia tanto como sus perfiles vitales. En mi humilde juicio, la imaginación es algo más que dibujar fábulas, se trata de esa capacidad mágica que permite trazar puentes entre dos orillas de la realidad que nadie hubiese unido jamás. Sus prejuicios con el género quedan claros desde el principio. “Confieso que, durante muchos años, consideré que era una indecencia hacer un uso artístico del propio dolor. Deploré que Eric Clapton compusiera 'Tears in Heaven' (Lágrimas en el cielo), la canción dedicada a su hijo Conor, fallecido a los cuatro años de edad al caer de un piso 53 en Nueva York; y me incomodó que Isabel Allende publicara 'Paula', la novela autobiográfica sobre la muerte de su hija. Para mí era como si estuvieran de algún modo traficando con esos dolores que hubieran debido ser tan puros”, escribe Montero, quien, sin embargo, reconoce que “en el origen de la creatividad está el sufrimiento, el propio y el ajeno”. Es en estas contradicciones donde la autora se revela especialmente vulnerable, como resistiéndose a narrarse, a pesar de que es en esa belleza mundana que tan maravillosamente percibe donde conecta mejor con el lector: “No hay nada ridículo en la #Intimidad –ya hablaremos en otra ocasión si la forma de etiquetar las palabras clave como "hashtags" marcará un original punto de inflexión en la literatura–, no hay nada escatológico ni repudiable en ese lento fuego doméstico de sudor y de fiebre, de mocos y estornudos, de pedos y ronquidos. (…) La #Intimidad: no tener muy claro donde acabas tú y empieza el otro”, relata. Montero es una cuentista en sentido rígido: su voz se introduce en tu mente y no deja de narrar jamás. Pero, ¿no hay en esta reflexión una clara intención de reflejar que el autor escribe por un afán de inmortalidad? ¿Acaso no quiere decir que mantener su recuerdo vivo, luchar contra las neblinas del olvido, es también una manera, nada egoísta, de soñar la eternidad? 

Mucho de esto está presente en La hora violeta (Mondadori), la desgarradora carta de amor –no se puede clasificar de otro modo– que Sergio del Molino dedica a su hijo Pablo, fallecido a causa de un cáncer. “Estamos en el laberinto del dolor, y eso quiere decir que estamos solos. El dolor asusta a los demás, damos miedo”, escribe. Se trata, en muchos aspectos, de la búsqueda de un autor falto de palabras que definan su pérdida (un hijo sin padres es huérfano, un hombre sin esposa, viudo… pero un padre que ha perdido a su niño, ¿qué es?), y acaba convirtiéndose en un fascinante viaje, en el que esa paternidad arrebatada, despierta un inconmensurable dolor, pero también un maravilloso vitalismo. Y es que, aunque hay quienes atribuyen al oficio de escribiente poderes reconstituyentes, como si las palabras pudiesen convertirse en una suerte de engrudo con el que pegar los pedazos de un corazón devastado, la realidad es que el duelo –también el literario– no es más que rasgar con la pluma los recuerdos privados, esas escenas que el temor comienza a desdibujar en la memoria. No sólo supuran su llanto y su sangre: se han hecho inmortales. Por eso, estos autores, más que nadie, conocen a la perfección ese sentimiento patentado por Bartleby, el obcecado personaje de Herman Melville, que repetía insistentemente “I would prefer not to” (“Preferiría no hacerlo”) y, sin embargo, siguen escribiendo.



domingo, 3 de junio de 2012

¿Era frígido Buster Keaton?


"Buster ama mal, su expresión afectiva se ha quedado inválida. Con movimientos toscos se acerca hacia mí como un boxeador de peso pluma que ha perdido su capacidad de coordinación. Las manos que se mueven por mi espalda son las de un huérfano embutido al vacío que en las horas de claridad de la madrugada me penetra como si estuviera alienado.
Pero válgame Dios, ¡lo que te hace sentir! Su zanahoria parece estar hecha a medida para mi rallador, la lluvia ha preparado un lugar húmedo y mullido para su rábano. Tengo que agarrarme a la mesa cuando lo recuerdo." 
Éstas son las declaraciones de Daryl Valley-Keaton, la mujer de Buster Keaton. O, mejor dicho, éstas son las intimidades que el escritor finlandés Kari Hotakainen supone confesando a esta imaginada esposa de Keaton que, en realidad, no es Natalie Talmadge, ni Mae Scriven, ni Eleanor Norris, las únicas tres mujeres que consiguieron que el legendario actor de cine mudo pasase por la vicaría. Pero lo cierto es que en el libro Buster Keaton: Vida y obra (Meettok, 2009), al contrario de lo que parece sugerir su título, los aspectos biográficos son lo que menos importa. Aquí se trata de fabular sobre la realidad, arrastrando al lector en un juego de rocambolescas metáforas y reflexiones puestas en boca del actor y de todo un elenco de secundarios que abalan lo inverosímil: Porque ¿qué diría Buster Keaton si tuviese voz en nuestros días? ¿Y qué dirían de él sus padres, su hijo, el portero del edificio donde se crió, o el mismísimo Clint Eastwood?
Aunque muchos sostendrán que no es la primera intromisión de Buster Keaton en nuestros días (veáse que se cuentan por decenas las personas que creen ver en el jugador del Real Madrid, Mesut Özil, un trasunto del impasible intérprete de "El maquinista de la general"), Hotakainen ya fabulaba con esta idea en 1991, cuando consiguió publicar su libro en Finlandia. Así pues, la novela se convierte en una original y monstruosa alegoría en la que, en realidad, hablar de Buster Keaton o de Charles Chaplin resulta indiferente porque lo importante es la filosofía de vida que despierta el personaje y con la que el autor elucubra: "Se aferran a mí porque yo no me aferro a nada", comenta Hotakainen en el prólogo que el Buster que tiene en su cabeza hubiese escrito. En realidad, el libro podría resumirse en una concatenación poética de elementos pseudobiográficos en los que, intentando describir el "yo" íntimo de Buster, de ese rostro hermético que conquistó a generaciones, se llega a tocar con certeza la intimidad del lector. "En mis momentos oscuros soy mister nobody, un don nadie, el sillón violeta de un hotel gris, resistente pero preso de su carácter concienzudo, y por lo tanto insulso."
Toscas, obscenas, novedosas o, simplemente, bellas, las asociaciones de ideas que dibuja Hotakainen poseen una capacidad de fascinación que no está al alcance de cualquier escritor. "[Buster] No se mete en tu vida como si fuera una excavadora, sino que se desliza en el buzón, como si fuera un anuncio. Por la mañana encuentras en el suelo de tu vestíbulo unos zapatos puntiagudos de la talla 43, y desde la cocina se escucha una voz que pregunta: '¿Dónde guardáis los filtros del café?'" Con escenas cotidianas, que elevan los objetos a la categoría de reliquias metafísicas, el autor encuentra en la trivialidad y la rutina una forma de conducir el lenguaje a un desternillante y caótico universo en el que todo parece sacudirte e invitarte a despertar. "El amor no se ve tampoco en la vida real, está en la frase subordinada, en el bajo de la falda, en el dobladillo del pantalón. Se ve mejor cuando no está."
Eso sí, en determinadas partes del libro, el humor ácido e hiriente corre el riesgo de no funcionar llegando a convertir el libro en un juego de buenas intenciones en el que la empatía desaparece al tiempo que personajes como Arnold Schwarzenegger, Chaplin o Clint Eastwood se pasean por la trama sin demasiada gracia.
Planteada como un híbrido entre el relato documental, la autobiografía y la sucesión de testimonios, en general, la novela tiene un gran poder evocador y constituye una acertada radiografía del patetismo humano y de esa grandiosa comicidad que oculta y que, parece, sólo es perceptible por el ojo ajeno:
"Lo ameno tiene que ocurrirle al otro, uno mismo no lo notaría. Es mejor que el portero resulte cómico a quince metros de distancia, uno no puede distinguir lo ameno en si mismo, ya que no se está ni siquiera a un centímetro de distancia de uno mismo. Por eso hay que desarrollar una habilidad especial para poder verse desde lejos. Inténtalo por todos los medios, abandónate en una esquina de la calle, después vete al bar más cercano y obsérvate desde allí: ¿ves ya cómo andas, lo ridículo que resulta tu sombrero, lo embarazoso que te sientes, como esperando que alguien te atropelle, se case contigo o te venda un inmueble?"
Con todo, se entiende porqué Kari Hotakainen (quien, por cierto, sufrió un aparatoso accidente de tráfico el pasado mes de marzo) se ha convertido en una de las voces más singulares y reputadas del panorama literario finlandés consiguiendo cultivar con éxito diferentes géneros (poesía, teatro, novela e, incluso, guión). En su estilo se percibe una inalterable la virtud poética y una conmovedora imaginación capaz de inocular en el lector un sinuoso universo en el que la sonrisa vaga entre la fábula y la tragicomedia. 
Kari Hotakainen (fuente: iltalehti.fi)


sábado, 19 de mayo de 2012

Suite francesa: la obra (y la vida) inacabada de Irène Némirovsky

“Todos sabemos que el ser humano es complejo, múltiple, contradictorio, que está lleno de sorpresas, pero hace falta una época de guerra o de grandes transformaciones para verlo. Es el espectáculo más apasionante y el más terrible del mundo. El más terrible porque es el más auténtico. Nadie puede presumir de conocer el mar sin haberlo visto en la calma y en la tempestad. Sólo conoce a los hombres y a las mujeres quien los ha visto en una época como ésta. Sólo ése se conoce a sí mismo.”
Un título anodino y una autora con excesivas consonantes en su apellido podrían dinamitar nuestro ánimo lector perdiendo la oportunidad de saborear una historia que, dentro y fuera de sus páginas, resulta tan aterradora como fascinante. Suite francesa, de Irène Némirovsky (editorial Salamandra, colección X Aniversario), es una de esos libros capaces de devolver al lector la fe en la literatura. Aunque como género se podría enmarcar dentro de esa vasta narrativa bélica, no mentiríamos al afirmar que esta etiqueta desmerece muchas de las virtudes de la obra y de su creadora. Suite francesa pertenece a esa extraña estirpe de libros mutilados e inacabados, que podrían permanecer suspendidos en un perpetuo punto y seguido sino se entiendese que su final es, ni más ni menos, que la trágica muerte de su autora. Por eso cabría aclarar aquí unas breves notas biográficas sobre Némirovsky: judía de origen ucraniano (nacida en Kiev), se convirtió “in extremis” al catolicismo junto a sus hijas, en 1939. Pero, ni siquiera su nueva condición lograría hacer desaparecer su doble estigma: el de ser una extranjera en Francia de orígenes hebreos. Tampoco el prestigio del que gozaba como autora –prestigio que alcanzó desde su primera novela: David Golden-, ni los incansables intentos de su marido por conseguir su liberación, lograrían evitar que el 17 de agosto de 1942 falleciese en el campo de concentración de Auschwitz. De hecho, tan atractivos como su novela son los elementos narrativos que envuelven su biografía y que constituyen en sí mismos, con sus diferentes pasajes y personajes, una tragedia lenta y perversa: la desesperación creciente de un marido que, tras escribir decenas de cartas de auxilio para su esposa, propone sustituirla en el campo de concentración (hecho que lo llevaría a la muerte); la constante persecución que se emprende hacia las dos hijas del matrimonio, Elizabeth y Denise; la muerte de la madre de Irène (cómoda, confortable, sin haber demostrado un ápice de ternura o amor hacia su hija y tras negar el auxilio a sus nietas) que pasaba ¿a mejor vida? atesorando en su caja fuerte su única fortuna: dos obras de su hija Irène. Y, en medio de toda esta rocambolesca concatenación, una maleta que portan las dos hijas de la autora, en la que se encuentra el último manuscrito de su madre: Suite francesa.

Sólo hay que echar un vistazo al cuaderno original (de letra mínima y apretada, de arquitectura firme y clara) para entender la pulcritud con la que esta obra nació y todavía sigue viva. Es el reflejo del estilo Némirovsky: una literatura purificada, libre de artificios estériles, en la que la crueldad humana se sirve sin adornos y se digiere sin protectores de estómago. Aunque la escritora soñaba con una novela de 1.000 páginas, compuesta como una sinfonía de cinco partes, desgraciadamente, sólo han llegado hasta nuestros días dos de ellas: "Tempestad en junio" y "Dolce", que hipnotizan como la flauta de Svengali y esconden bajo su letra el estruendo sordo del desaliento.
La primera parte de la obra, “Tempestad en junio”, hilvana con maestría diferentes personajes y situaciones del desalojo de París ante la amenaza invasora. El acierto de esta sección es que no se compone de descripciones de una marea humana uniforme que huye hacia ningún lugar, en ella hay nombres propios, historias concretas, en las que se aprecian las clases, las diferencias. Y nos envuelve la fascinación de descubrir cómo la guerra sumerge al rico en la incredulidad de saber que el dinero es inútil cuando ya no queda nada ni nadie a quién comprar, cómo el poder y las influencias son títulos baldíos si las puertas están tapiadas y los caminos minados; o cómo la pobreza puede conducir a la miseria cuando uno se agarra a la desesperación para justificar la atrocidad. Rabia, dolor, ausencias, recuerdos, bajas, miedos, pérdidas… y el nauseabundo preludio de la muerte flotando sobre las cabezas, como una nube gris que surca el cielo esperando el momento oportuno en el que vomitar el agua que esconde en su vientre empachado:
“Vieron los primeros muertos: dos hombres y una mujer. Tenían el cuerpo destrozado, pero, curiosamente, los tres rostros estaban intactos, unos rostros normales y tristes, con una expresión asombrada, concentrada y estúpida, como si trataran en vano de poder comprender lo que les ocurría; unos rostros, Dios mío, tan poco hechos para una muerte bélica, tan poco hechos para cualquier muerte.”
La jugosa forma en la que la autora ofrece al lector los diferentes prismas desde los que se puede contemplar la guerra sigue presente en “Dolce”, segunda parte del libro, en la que se narra, ya de forma novelada y no como retazos de guerra, la convivencia del pueblo con los alemanes durante el asedio. Aquí irrumpe la delación, el orgullo herido que alimenta la hipocresía de quienes deben repudiar en público lo que en su fuero interno admiran e incluso desean.
“Felices o desgraciados, los acontecimientos extraordinarios no cambian el alma de un hombre, sino que la precisan, como un golpe de viento que se lleva las hojas muertas y deja al desnudo la forma de un árbol, sacan a la luz lo que permanecía en la oscuridad y empujan el espíritu en la dirección en la que seguirá creciendo.”
Némirovsky es intuitiva, aguda, ácida, y profunda, y podemos apreciar y disfrutar con ella de una narrativa en la que los personajes se definen por sus acciones y por la minuciosidad y cuidado con el que nos presenta sus más íntimas, crueles y dolorosas reflexiones. Pero ¿qué es realmente lo más fascinante de Suite francesa? Que como toda buena obra goza de la virtud de la perpetua vigencia. Enmarcada en un momento histórico tan delimitado como la Segunda Guerra Mundial, es capaz de de resquebrajar la piel de la Historia para hablar también de nuestros días, de la desesperación y del desconsuelo que, lo sabemos ya, no es una patología propia de la generación de entreguerras sino el mal endémico de una juventud que crece asediada por ese perpetuo belicismo y que adquiere en su madurez la conciencia de que ni su esfuerzo, ni la violencia tácita a la que se les somete en la competición, garantizan la supervivencia o el éxito de los mejores.
-¿Es de París? ¿En qué trabaja? ¿Es obrero? ¡Quia! No hay más que verle las manos. Es empleado, o puede que funcionario…
-Estudiante
-¿Ah, estudia? ¿Para qué?
-Pues… -murmuró Jean-Marie, y se quedó pensando-. Yo también me lo pregunto.
Era gracioso… Sus compañeros y él habían trabajado y aprobado exámenes, conseguido títulos, cuando sabían perfectamente que era inútil, que había guerra… Su futuro estaba escrito de antemano, su carrera estaba decidida en los cielos.
Que estos pasajes costumbristas que construyen Suite francesa parezcan estar en perpetua actualidad se debe al esfuerzo de una autora que, como ella misma confiesa en sus diarios, quería escribir para las futuras generaciones:
[fragmento del diario de Irène Némirovsky del 2 de junio de 1942]: no olvidar nunca que la guerra acabará y que toda la parte histórica palidecerá. Tratar de introducir el máximo de cosas, de debates… que puedan interesar a la gente en 1952 o 2052.
Es decir que, como la propia escritora percibe, los hechos políticos, el contexto, acabarán pasando a un segundo plano, porque lo que trascenderán son las historias, los motivos, las razones que movían a cada ser humano que vivió y sufrió -o, incluso, gozó- la guerra y el Holocausto. Esa humanidad compleja que subyace, para construir y destruir, y que está presente ahora como lo estuvo hace un siglo y como lo estará dentro de cien años.

Para regocijo de nuestro espíritu morboso, al final del libro se incluyen algunas anotaciones del diario de la autora (en el que elucubra sobre los posibles finales y relaciones que afectarán a los personajes), sus dos últimas cartas y las frustrantes epístolas de su marido, Michel Epstein, suplicando la liberación de su esposa sin saber que ya estaba muerta. Ése es el verdadero final de esta historia, el enmudecimiento prematuro de unos personajes inacabados, que vivirán por siempre encerrados bajo el candado de esa suite francesa que sólo conocimos a medias.
[última carta de Irène a su marido, escrita a lápiz, en julio de 1942]: Mi querido amor, mis adoradas pequeñas, creo que nos vamos hoy. Valor y esperanza. Que Dios os ayude a todos.

Irène junto a su marido, Michel Epstein.

miércoles, 18 de enero de 2012

“Pobre” Fraga. Una entrevista de Vázquez Montalbán


Siro, La Voz de Galicia
Tosco, obcecado, temperamental, agrio, ambicioso, siempre escorado, pero prodigiosamente firme. Visceral y reflexivo, según él mismo se decía, un intelectual con ademanes de Caudillo, un líder innato entre la masa: “Cuando se concentran mil personas siempre hay una de la que emana autoridad, y ése ha sido mi caso” llegó a afirmar en una ocasión. Tan fresco y aperturista en el régimen de Franco, como rancio y autoritario en la senda democrática, su vehemencia hizo historia y su rotundidad y contundencia se expresaron tanto en su amplia anatomía como en la esencia de su discurso. Manuel Fraga Iribarne se fue con el invierno, en el día más gallego del estío madrileño, poniendo fin con su fallecimiento a la extendida creencia de que aquel legendario baño en Palomares le había otorgado algo parecido a la inmortalidad. En los óbitos de la Prensa corrieron las alabanzas y fueron pocos los que hablaron de las aristas y contradicciones que, precisamente, hacen grande a este personaje. Parece lógico: a la muerte siempre le acompaña una nota de irrealidad y desmesura. Pero la hemeroteca tiene eso de grandioso: permite volver al pasado. Por eso en este artículo rescatamos parte de la entrevista que el político gallego mantuvo con Manuel Vázquez Montalbán y que aparece recogida en el libro Mis almuerzos con gente inquietante, publicado en 1984 (aquellos tiempos en los la entrevista era un género y no un panegírico).


Montalbán habla de un lúcido Fraga, que fue el primero en aceptar su envite para aparecer en esta colección de personajes sometidos al tercer grado mientras disfrutan de los placeres de la mesa. El escritor barcelonés lo define como “una gran cabeza. Un poderoso cuerpo. Unos pies tal vez algo insuficientes”. Parece que su característica forma de moverse no sólo se había fraguado ya en aquella época sino que comenzó a ser algo definitorio de su carácter. Y es que hay algo metafórico en ese movimiento pendular, que indiscutiblemente marcó tendencia: Casi milagrosamente, caminando de lado a lado, a la derecha y a la izquierda de su propio pensamiento (siempre intentando buscar ese advenedizo centro del que se sentía inventor, pero en el que nunca atinó a encallar) logró avanzar hacia delante en su carrera política. Tanto es así que durante su encuentro, Montalbán se muestra sorprendido porque “la Historia ha metido en el desván de la obsolescencia a todos los protagonistas del franquismo, menos a Fraga”. “Yo he sido siempre continuista, partidario de la evolución y la reforma”, asegura el fundador de Alianza Popular, el mismo que añade, sin que le tiemble la voz, que “estaba dispuesto a hacerlo todo, pero sin traicionar. Yo había servido lealmente a Franco”. Y más adelante: “Yo soy fiel sentimentalmente a Franco, pero no al franquismo”. A propósito de estas declaraciones, Montalbán no duda en cuestionar qué había de real en las conspiraciones golpistas que asolaron la Transición: “Muchos comunistas de buena fe se iban a Carrillo o a cualquier dirigente, la guiñaban el ojo y le decían: ‘Bueno, camarada: ahora con la rama de olivo, pero cuando la burguesía se confíe, ¡catacrac!’. Y se cuenta que a usted se le acercaban en los mítines a decirle: ‘Bueno, don Manuel, le seguimos en eso de la democracia inorgánica porque usted lo dice, pero en cuanto podamos, ¡catacrac!’. Comentario al que Fraga responde: “Mentira. Jamás nadie se me ha dirigido en estos términos. Nadie ha tenido los cojones de decirme eso a la cara. Mi compromiso con la democracia era y es explícito, claro, contundente.” Y es que había algo rocambolesco en este político que se jactaba de no tener asesor de imagen porque “la imagen se corresponde a lo que uno es”. Algo desproporcionado en su fondo y en su forma, Montalbán alumbra esa tendencia a la hipérbole a lo largo y ancho de su conversación. Define a este político con solera como “el civil soñado por mucho golpista militar” y recalca sus contradicciones: “Veo a Fraga con una boca anunciando la Ley de Prensa y con la otra cerrándome Siglo 20, la revista con la que intenté rehacer mi oficio y mi beneficio”. 

Cuenta Montalbán que Fraga se atrevió a arrancar el teléfono después de haber advertido de que no le pasasen más llamadas. Aunque el político aclara: “No lo arranqué. Corté el cable con unas tijeras. Es decir, hubo reflexión.” También se recoge en la entrevista que dejó a su mujer en el hospital mientras alumbraba a su tercer hijo para asistir a la Primera Bienal de Arte Hispanoamericano de Pintura que él organizaba en octubre de 1951 y que estuvo a punto de desmoronarse por los altercados que se produjeron ante la masiva afluencia de gente a una conferencia de Dalí. Describe Montalbán: “Se plantó en el teatro, se abrió paso a codazos entre la multitud y, desde uno de los proscenios, se dirigió al público pidiendo calma y advirtiendo: 'Quien no colabore conmigo es un bellaco'. Colaboraron, vaya si colaboraron, y ahí queda para la historia el busto vigilante de un Fraga con el pelo cortado a la alemana, contemplando el mar de cabezas y un Dalí inspirado que diría aquello de 'Picasso es comunista, yo tampoco'. Las anécdotas engrandecen su biografía, alimentan su fama de ogro iracundo y él se jacta de su personalísimo modo de entender la política y la vida, palabras que en algún momento llegó a confundir. Se definía a sí mismo como una “persona activa, trabajadora, que de vez en cuando pisa algún callo”, y creía que la gente le veía “como un personaje macizo, sencillo, tosco, tenaz, activista y, por lo mismo, alguien que propende a estropear digestiones, siestas y otros festejos. Algunos han exagerado estas tendencias hacia un activismo y autoritarismo en los que, sinceramente, no me reconozco”. Profundamente personalista, no dudaba en afirmar que “si la gente trabajara más, el índice general de la envidia habría bajado” y que él había conseguido “que la causa de la llamada derecha fuera un objetivo goloso”Bajo esa fachada vieja y derrotista que el tiempo acabó esculpiendo en él, algunas generaciones quisieron ver en Fraga a un anciano impertinente e incómodo, casi senil, aunque, en realidad, su intacto orgullo era el que le empujaba a seguir mandando callar a quien le incordiaba. Sus estertores políticos, dormitando en el senado, lo habían convertido en un personaje fundamental en la fauna humorística de este país, tan dado a la desmemoria. 


Montalbán reflexionaba así durante su entrevista en los años 80: “El pobre Arias Salgado, el pobre Muñoz Alonso, el pobre Camilo Alonso, cada vez que Fraga menciona un muerto, menos en el caso de Franco, le añade el epíteto de pobreza, epíteto conmiserativo y devaluador en sus labios, como si morirse hubiera sido un acto de incongruencia. La divisa de aprovechar la vida podría ser el lema de su escudo fraguiano. ‘Las cosas se han de hacer bien pero deprisa, porque la vida es breve’, ha dicho y escrito este hombre que habla a una velocidad vertiginosa para poder decir todo lo que piensa en esta vida, tal vez en la desconfianza de que en el cielo hay libertad de expresión.” Qué ironía: a juzgar por los óbitos, parece que la muerte ha desatado la compasión y ha convertido también a Fraga en alguien “pobre”, débil, extrañamente humano. Una mediocridad. La peor ofensa que podrían haberle hecho.


                                      


martes, 30 de agosto de 2011

La desafortunada unión de Dustin Hoffman y Meryl Streep

Kramer contra Kramer (1979) es uno de esos títulos que uno transporta en la memoria a pesar de que los detalles y las escenas parezcan haberse traspapelado en el viaje de los años. La historia, basada en la novela homónima de Avery Corman, unió sin demasiado éxito a Dustin Hoffman y Meryl Streep interpretando a un matrimonio fracasado que se disputará la tutela y el amor de su único hijo. Con esta cinta, Hoffman, que ya había sido encumbrado a la fama con El graduado (1967) y había mantenido su affaire con el público gracias a su papel en Cowboy de medianoche (1969), puso fin a una década discreta y obtuvo su gran reencuentro con el éxito encarnando a Ted Kramer, el personaje por el que ganaría su primer Oscar en 1979. La evolución de Kramer, un publicista al que su mujer abandona en la cumbre de su carrera dejándolo solo al cuidado de su hijo, eleva la película al drama y convierte a su personaje en un héroe de lo cotidiano (sólo hay que que ver cómo prepara el desayuno al principio del filme).
La relación entre padre e hijo conviviendo con la figura de una madre ausente se suma a las dificultades que la propia sociedad impone. Una trama que ya ha sido retratada con mayor emotividad en títulos como En busca de la felicidad (2006), si bien en esta película es el cambio en el personaje de Hoffman el que atrapa la sensibilidad del espectador. Observar cómo un padre ególatra y totalmente virginal en las tareas domésticas asume su responsabilidad como progenitor y los roles que esto conlleva es un proceso dificultoso que Dennis Dugan se atrevió a reflejar en clave de comedia en Un papá genial (1999). Ese punto calamitoso del personaje principal unido a su admirable preseverancia convierten a Ted Kramer en un ser entrañable y entregado que poco tiene que ver con el hombre de las primeras escenas.
Con un tufillo algo conservador, la historia deja en peor lugar a la madre del pequeño, interpretada por Meryl Streep. Una mujer con inquietudes atrapada en la vida hogareña que un día decide abandonarlo todo para reencontrarse a sí misma. Si este mismo argumento suena exótico y hasta profundo en Come, reza, ama (2010); en Kramer contra Kramer Joana se presenta ante el espectador como una mujer algo desequilibrada, que ama a su hijo, a pesar de que es incapaz de permanecer atada a las imposiciones que requiere su cuidado. Es la gran derrotada, la madre que abandona el hogar y que se pierde en una vida de placeres efímeros. A pesar de los achaques de su personaje, el filme también supuso el primer Oscar de Streep en la categoría de mejor actriz secundaria, aunque tal y como confesaría años más tarde, compartir escenario con Hoffman no fue demasiado agradable. Luis Miguel Carmona, en su libro Los 100 mejores melodramas de la Historia del Cine, recoge que la actriz se había sentido bastante violentada con el comportamiento del protagonista. "La primera vez que lo vi me dijo: soy Dustin Hoffman. Y me tocó las tetas. Pensé que era un cerdo". Y tal repugnancia se aprecia en las escasas escenas que comparten, especialmente en la nula tensión que despiertan en la disputa inicial de la película, cuando el matrimonio se separa: a Hoffman parece no importarle demasiado que se mujer la abandone y Streep demuestra poca química con el arrebatador protagonista de El graduado. Claro que Hoffman ya tenía un nombre en el star-system y Streep todavía no se había convertido en la legendaria protagonista de La decisión de Sophie, ni atisbaba los taquillazos que conseguiría en los 80 con Memorias de África y en los 90 con Los puentes de Madison. Tanto es así que, como cuenta Carmona, los nervios le jugaron una mala pasada y Streep olvidó su Oscar en los lavabos del Dorothy Chandler, teatro en el que se entregaban los premios de la academia.

A pesar de las desavenencias entre Streep y Hoffman, como en la vida misma, al final el mayor perjudicado de la cinta fue el pequeño Justin Henry (convertido ahora en un mozalbete de 40 años). Aunque su interpretación como el hijo de los Kramer le había colocado a la cabeza en la lista de favoritos (a sus 8 años se convirtió en el actor más joven en recibir una nominación a los Oscar) el batacazo fue absoluto y no consiguió ni un solo galardón. Y eso que la película se hizo con cinco estatuillas ese año (entre ellas, mejor película, mejor director para Robert Benton y mejor guión adaptado). No es de extrañar que, recientemente, Benton tuviese un pequeño personaje en la aplaudida serie Perdidos.

lunes, 6 de junio de 2011

El tiempo deshilado

Hay momentos en los que uno prefiere la seducción al amor. Es más sencilla, reconforta de forma inmediata y sólo hay que abandonar los sentidos al placer de la mentira. No requiere de grandes esfuerzos y, una vez que se acepta el placer del engaño, el alma puede flirtear con la felicidad sin desgastarse demasiado. Puede ser un juego limpio, coqueto y divertido, si las partes conocen la regla fundamental: impedir que la ilusión lo transforme en una apuesta perpetua en la que dejarnos el corazón. He aquí el problema: por mucho que esta Trilby ensaye posturas descocadas, siempre se afana en hacer eterno y profundo lo que es bueno, precisamente, por ser fugaz y superficial. Por eso soy tan cautelosa con los best-sellers: son encantadores de serpientes, seductores de postín que, bajo un buen título, te atrapan sin que sepas muy bien a qué lugar te conducen. Esto fue lo que me ocurrió con "El tiempo entre costuras" (Temas de hoy, 2009) ese librito de 600 páginas que me llamaba con su canto de sirena desde la estantería, desde las librerías, desde las manos de cualquier transeúnte... y caí en sus redes.

Nuestra relación empezó, como muchas, con un tonteo pomposo y edulcorado, pero al final yo quería enamorarme. Realmente es una novela atractiva, con un arranque prometedor: "Una máquina de escribir reventó mi destino" . Es tan hermoso como humano eso de etiquetar la memoria con experiencias banales. Todo parte de un absurdo o, al menos, así queremos creerlo en el recuerdo. Con todo, en conjunto, la historia es trepidante, pero me da la sensación de que el tiempo se retiene en la quietud de muchos pasajes y no en el trabajo de una costurera. Y eso que la protagonista, Sira Quiroga, es un auténtico bombón literario. Lo que se estanca es la tensión narrativa y uno sigue leyendo más por un compromiso con el personaje que por la seducción que despierta la prosa de María Dueñas. Peca de excesiva cautela, quizás muestra demasiado respeto a su historia y se siente intimidada por la fuerza de sus protagonistas. No obstante, sí hay que reconocer que en este aspecto es una novela progresiva. A lo largo de las páginas la narración y la forma en que Dueñas la traslada a la mente del lector ganan en fuerza, porque la autora consigue perder el miedo a eclipsar la historia y esto permite que su forma de escribir embellezca a Sira y aporte un valor añadido a su periplo vital. Podría decirse que el final redime la obra porque al fin consigue crear adicción, no sólo por lo que cuenta, sino también por cómo lo describe. Después de 69 capítulos, logra sentirse cómoda.

A pesar de estos comentarios menos agradecidos, es cierto que el éxito de esta novela se puede explicar por muchas y muy buenas razones: personajes con fuerza, carácter cosmopolita, reconstrucción de la memoria a través de las voces anónimas y el romanticismo que envuelve al mundo de los espías (y que sigue funcionando y rentando, que se lo cuenten si no a la condesa de Romanones). Asimismo, nada desdeñable es la evolución perpetua y la capacidad de superación en los protagonistas. Al fin y al cabo, todos necesitamos creer en la renovación, en que el cambio es posible a cualquier edad y en cualquier circunstancia. Y Dueñas convierte en verosímil esta cualidad, a pesar de que sólo esté al alcance de unos pocos. Asimismo, la narración de los ambientes es fabulosa. Cada taller de costura, cada calle de Tánger, Tetuán, Lisboa o Madrid no sólo parecen envolvernos, sino que también nos integran dentro de sus decorados. En este sentido, es un libro que garantiza un viaje cargado de exotismo, así como una trepidante huida a otra época, en la que el traqueteo de unos tacones juegan a ocultar la inseguridad de una mujer abandonada en la soledad. Como los trajes que arma Sira Quiroga, María Dueñas cose una historia de apariencia impecable y estilosa, a pesar de que un pequeño hilo descuelgue de la bastilla, recordándonos que antes de que te enamores hasta los tuétanos, la seducción inventa sus propias vías de escape.