La decepción, tomada en su expresión más exasperante, aquella que posee los ánimos de un compungimiento amargo y severo, sólo pertenece a aquellos que aman, que proyectan una suerte de mérito sobre las gentes y las cosas, a aquellos que esperan algo de ellas. Con la tierra, esa patria reducida a los visos de la infancia, a los recuerdos, a los rostros que dan sentido a la diferencia, a las variantes de olores y luces de las calles recorridas tantas y tantas veces en un solo día; uno adquiere un egoísmo a la par bravucón y sentimentaloide, un sentimiento de posesión permanente y de defensa incondicional que le permite sentirse defraudado con ella cuando los hechos lo requieran. Y la crítica pertenece legítimamente a estas lombrices de esa tierra que surcan la patria del fondo a la superficie. Que lo mismo escupen como se bañan de alegrías entre sus fronteras.


Y a pesar de los pesares, de lo crítico, de lo mordaz, hay que reconocerle a Corpus Barga el mérito de no haber sido una veleta política como tantos y tantos en la época. Que lo mismo ventaban al norte como al sur, que de igual modo exhibían los pendones de la izquierda como recibían premios del Caudillo ¿verdad Vicente Risco? Pero no. Corpus sufrió el exilio. Ese irse con el rabo entre las piernas, con las ilusiones hechas jirones y el ánimo volado por la nitroglicerina. Y antes, incluso antes, luchó por mantener erguida su causa, por darle oxígeno a la vela de la esperanza aún en guerra, aún cayendo las bombas y resistiéndose la gente a creer que Madrid podía ser derrotada teniendo todos, hasta el propio Corpus, el eco de aquel benemérito Dos de Mayo contra los franceses instigando a la valentía. Me atrevería a decir que nada hizo tanto daño a los españoles como aquel pasado glorioso en el que se escudaron tantos sueños pueriles, esa patria tullida que caminaba desde el pasado todavía con esplendor para engañar al presente. A quienes les queden ciertos escrúpulos, ya no pueden acusar de feroces a los españoles, sino más bien de una sobredosis de voluntarismo, de ser unos inocentones sin remedio clamando no se sabe qué imperio perdido.
¿Pero de qué podemos acusar a Corpus más que de entusiasmo? ¿Cómo juzgarlo? A sabiendas de su amistad con Valle-Inclán, con Pío Baroja, cuando huyó al exilio acompañado de Antonio Machado... aquella, disculpen si me pinto chovinista, sí era la gloria de España. Y tras su rastro debiéramos ir todos, fustigando a todo aquel que amedrenta la libertad, que pone candados donde sólo debiera haber alas. Defender la cultura es defender la libertad de antaño, decía Corpus, emocionado ante la venida del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, convencido de que la noble causa vencería a los inquisidores, a los ladrones del pensamiento. No imaginó que en abril de 2009, el primer escritor catalán en recibir el Premio Cervantes, Juan Marsé, recordaría en su discurso cómo conformó su habilidad literaria en torno a los tres libritos en castellano que se habían salvado de la hoguera "Recuerdo muy bien la fogata en medio del pequeño y sombrío jardín, los libros abriéndose al calor como flores rojas, las páginas desprendidas arrugándose y bailando sobre la cresta de las llamas, revoloteando un instante como grandes mariposas negras." Dice Marsé ser "un catalán que escribe en castellano. Nunca vi en ello nada anormal", pero lo hay, no por una cuestión de política lingüística, lo hay por el recuerdo de las llamas, de las letras consumiéndose, arrugándose precipitadamente sin que los ojos de aquel niño cargado de talento pudiesen atisbar su belleza. Pobre Corpus, me digo. Al final nos hemos convencido de que las cosas han sido lo que tenían que ser. Aunque nos robasen la gloria de pensar, aunque nos prohibiesen ver Madrid como lo había sido siempre, con aquella miseria, pero tan propia... de la que sólo queda quizás el recuerdo de aquellos genios colmando de grandiosidad los cafés de esta ciudad, como tantas otras, obligada a olvidar su propio nombre.
Ahora sí, parece que el cuerpo me pide salir a consumir un cigarrillo entre las caricias de la brisa nocturna. Pasear por una calle de Madrid, verla levantada, vetada de vallas amarillas y señales de obras, una estampa tan parecida a las que Corpus escribía en sus artículos que pareciese formar parte de un cuadro, un valioso cuadro que en la pinacoteca conserva todo su esplendor. Y, pese a todo, paseo feliz. Saltando los socavones y esquivando el escombro. Paseo feliz. Ensimismada. Intentando encontrar el grifo, ese maldito grifo del maná de los dioses que se debió quedar abierto para colmar esta ciudad, gota a gota, con sus mil encantos.