

En el apartado técnico, el realismo mágico se refleja en un juego de luces que recuerda la fábula y el oportunismo que Victor Fleming empleó en El mago de Oz, pasando de una vida en escala de grises a otra de intenso color motivada por la hilarante acción de los personajes. Con este tipo de rasgos, Laura Mañá muestra que es atrevida y eficiente, adjetivos que no siempre van de la mano. Y es que Sexo por compasión es una comedia en la que no sólo se habla de un guión cuidado y de unos protagonistas perfectamente definidos, sino que tratamos una composición de planos pictóricos en los que la fuerza de la imagen sustenta la narración sin necesidad de diálogo, como muestran los primeros minutos de la película.
Día, pues, para enredarse a la manta y emborracharse de caldo, para tener al fuego la cafetera y dejar que sus jugos nos abrasen por dentro mientras el viento hace lo suyo arañando los cristales, recordándonos su irreprochable inmensidad. Y es en ese recogimiento, en esa búsqueda de protección hogareña es cuando nos subimos a lomos del otoño sin calentamiento ni preámbulos. Por una vez, parece que los preliminares han perdido todo el romanticismo y que, vareados por el bufido otoñal, hemos abrazado el equinoccio con la intensidad de un reencuentro frugal que apenas acontece una vez al año y que, como todo lo realmente bello, es común a todos los mortales.
¿Que por qué me gusta el otoño? Porque nos pone un paso más cerca de una nueva primavera.
Para los verdaderos fans de Audrey Hepburn, aquellos que han sabido valorar la magia interpretativa de esta mujer inigualable -a pesar de que su verdadera vocación fue la danza clásica y de que su elevada altura (entorno a 1,70 cm.) la alejase de este sueño- y han podido apreciar la profesionalidad con la que asumía cada papel, la película 'Two for the road' (1967) es uno de los argumentos irrevocables para destacar su valía. Porque Audrey Hepburn era mucho más que elegancia y, sintiéndolo hondamente por todos esos "fashion victim" que coleccionan infinidad de abalorios con el rostro de la actriz, relegarla a ser la reina del glamour no sólo me eriza los nervios, sino que me sigue pareciendo una soberana estupidez destinada a enmascarar el genio interpretativo de una mujer tan versátil como carismática.
Y a colación traigo uno de sus mejores trabajos: 'Dos en la carretera'. Película que posee una maravillosa combinación de encantos: estupendo guión e inmejorables intérpretes, orquestados por una majestuosa dirección a cargo de Stanley Donen. Y todo aderezado con la música del sin par Henry Mancini, autor del popular tema 'Moon River'. Pero vayamos por partes.
La historia, que podría ser incluso vulgar, pretende resumir la vida de un matrimonio desavenido y hastiado, Mark y Joanna Wallace, que escudriñan su presente intentando aferrarse a un motivo para continuar su relación. El guión corre a cargo de Frederic Raphael, autor de 'Eyes Wide Shut', que en esta ocasión supo exprimir todo el jugo a su talento para elaborar una comedia que le llevaría a estar nominado a los Oscar, en la categoría de Mejor Guión Adaptado. Asimismo, el estupendo montaje, catalogado en la época como experimental, propone una yuxtaposición de escenas en las que descubrimos el pasado de este matrimonio utilizando como vínculo para los continuos flashback los vehículos con los que la pareja viajó desde que se conocieron. Nada sabemos de su hogar, ni siquiera conoceremos el rostro de su hija porque todo lo importante de su historia se extrae de la complicidad que existe entre ambos. Así, un objeto tan cotidiano como su coche, acaba siendo reflejo de una época, de su posición social y, sobre todo, de su relación, a la que vemos transitar desde la inocente felicidad de dos veinteañeros sin un duro que se desplazan en la parte trasera de una furgoneta, hasta los problemas de un matrimonio asentado, que rodando con su elegante MG, se pregunta en qué momento su amor comenzó a deteriorarse.
-Mark: ¿Qué clase de personas pueden sentarse enun restaurante y no decir palabra?
-Joanna: Los matrimonios.
[fragmento del guión]
Con este argumento, algún lector podría recordar la película 'Revolutionary Road' (2008) que volvió a unir a Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, esta vez interpretando a un joven matrimonio que ha perdido la espontaneidad encorsteado en la moralidad norteamericana. Pero la decadencia conyugal es tratada en esta producción con tintes melodramáticos que se alejan en mucho de la excelencia de 'Dos en la carretera'. Para los espectadores más dados a la comedia, la línea argumental podría relacionarse con el metraje de '500 días juntos', que propone extrujar la vis humorística de una relación a la que el inevitable paso del tiempo llena de contradicciones y asperezas. Sin embargo, la comparativa hace caer estas cintas a un nivel de pretensiones que sólo alcanzan la pazguatería.
Y es que, sin menospreciar los ejemplos citados, la fórmula del éxito de 'Dos en la carretera' es la de los personajes redondos encarnados por unos actores todavía más redondos. Albert Finney, que da vida a Mark, ya no es el joven apuesto y atractivo que seducía a las espectadores en las salas de cine. A sus 74 años puede que el recuerdo más tierno que tengamos de su vejez es interpretando al fantasioso padre de Ewan McGregor en 'Bigh Fish'. Pero, en el caso que nos ocupa, no destaca tanto por su belleza como por conseguir un papel tan creíble que parece indisoluble a su carácter. Porque Mark, ese pretencioso arquitecto al que interpreta, es tan irritante como adorable. Y la tarea más difícil en esta película es que los actores sepan transmitir la evolución de sus personajes, como tándem y de forma individual. ¡Y lo más espectacular es que lo consiguen! Así, Albert Finney pasa de ser el joven ambicioso y arrogante que conquista por esa extraña mezcla entre la seguridad y la torpeza, al apuesto y exitoso cuarentón que sigue conservando cierta fragilidad adolescente. ¡Tan irresistible como huraño! Mención a parte merece Audrey Hepburn. Con un personaje atrevido, fresco y un tanto payaso, cuyo encanto natural seduce a la par que conmueve. Y es que, la que fue oscarizada a la primera (ganó la estatuilla a la mejor actriz con 'Vacaciones en Roma', su primer papel para la gran pantalla) da veracidad a una extrovertida veinteañera -a pesar de que ella ya tenía 38 años- que acaba convertida en una esposa sarcástica obligada a pasearse por el mundo snob que rodea a su marido. Divertida y entrañable, podría decirse que la Hepburn consigue una vez más elevar a su personaje por encima de las posibilidades que posee sobre el guión.
En cuanto a la dirección, firmada por Sanley Donen, sólo pronunciar su nombre ya es una garantía de éxito. Ya había trabajado junto a Audrey Hepburn en otras estupendas producciones como 'Una cara con ángel' -en la que pudo dirigir a su ídolo adolescente, el bailarín Fred Astaire- o 'Charada'. Pero en esta ocasión, da una vuelta de tuerca. Y es que pocos saben tratar la comedia con la ternura y la eficacia de este realizador. Si en 1952 conquistó un lugar propio en la historia del séptimo arte dirigiendo junto a Gene Kelly el mítico musical 'Cantando bajo la lluvia' en, 'Two for the road' no sólo sabe sacar lo mejor de sí mismo, sino también la inmejorable versión de sus actores. Porque, parte de la magia y de la complicidad que se respira entre Finney y Hepburn quizás resida en un hecho real: la relación que ambos intérpretes mantenían fuera de la pantalla.
He aquí la anécdota digna del papel couché. Albert Finney, siete años más joven que Audrey, cayó rendido ante la seducción innata de una Hepburn tristemente convencida de que su matrimonio con Mel Ferrer ya no podía salvarse. Realidad y ficción se confunden hasta que el protagonista de 'Guerra y Paz', cegado por los celos -y a pesar de que él se había estrenado mucho antes en eso del adulterio- decide amenazar a su esposa truncando toda aquella felicidad. El ultimátum consistió en dar por finiquitado su affaire con Finney so pena de retirarle la custodia de su hijo Sean. Ante este cruel panorama Audrey Hepburn decidió romper la relación que le había hecho recobrar la vitalidad y el optimismo perdidos para no alejarse de su hijo. En esta ocasión, ni el happy end hollywoodiense ni el amor triunfaron, porque Audrey fue ante todo, una mujer generosa, entendiendo la palabra como es: sin límites en la capacidad de entrega.
Por mor disto, tamén cómpre sinalar que é o propio cimiterio o que lle da caracter á colexiata de Iria Flavia, xa que pocuas terras poden xactarse de agochar baixo o seu manto algunhas das plumas maís recoñecidas polo mundo adiante. O feito de que a gran Rosalía de Castro fose enterrada nel -malia que a finais do século XIX o seu corpo foi trasladado ó Panteón de Galegos Ilustres de Santiago- e de que o Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela nacera na pequena vila e aínda repouse baixo unha das árbores do camposanto de Andina, fan deste sitio o fogar común dalgúns dos ilustres do noso país, un cemiterio que acolle entre os seus cipreses, parte da historia dourada da literatura galega.
[Viñeta de Luis Davila]
[Ilustración de Cesáreo Segura Vargas]
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Quizás por ese idealismo confabulado, Escribir y callar es un libro reaccionario que violenta la modernidad y el consumismo. Es por tanto, un libro imprescindible para los nostálgicos, para aquellos que nunca pasan el plumero por la esquinas de la historia, que se entretienen creando telarañas, volviendo la vista atrás para sacar del baúl las cosas importantes que perecen bajo la solera. Para Amat, la intensidad de su relación con la literatura podría resquebrajar el mundo en dos mitades: a un lado, los que la viven del mismo modo; al otro, los que no. Con estos últimos se muestra especialmente dura: "Los coches han aparecido para sustituir primitivas bibliotecas. Proporcionan una marca a su propietario, un sentido de honor a la familia, y dan seguridad emotiva. Son indiferentes y mudos. Los libros, por el contrario, son altavoces secretos."
El "radicalismo conservador" de Amat protege a los clásicos, defiende con uñas y dientes la literatura mayúscula que se eleva por encima de una época, la que pertenece a todas ellas. Por eso hay escalas, por eso no todo libro es válido ni toda cultura eleva el espíritu al limbo del pensamiento autónomo. "En una cultura como la nuestra, que repudia todo lo que no es gregario, mediático y comparable a algo experimental, tangible, ponerse a hablar de la espiritualidad y tristeza de la novela es visto como algo insólito y decadente". Por eso Nuria Amat tiene claros su propósito: "Que mis libros no vayan a parecerse ni de lejos a los libros hablados de los otros, de los que apenas leen libros. O leen libros falsos y dictados por la impaciencia cotidiana."
Al estilo de Montserrat Roig, Amat cierra el primer capítulo , "Entre guerras", apelando a la única certeza de un escritor: el baile de su pluma: "Tal en vez en estos tiempos equívocos, escribir consista en asumir la contradicción de creer que el mundo es demasiado complejo e impensable para ser escrito y, sin embargo, seguir escribiendo."
Cinco definiciones de la felicidad
La felicidad es inculta y es política, y se dedica a aplaudir a los escritores coleccionistas de palabras, filósofos de pacotilla, novelistas de un telediario.
La felicidad es grosera porque invita al éxito desesperado. (...)
La felicidad es inculta porque reivindica lo contrario de la tristeza. (...)
La felicidad es idiota porque es artificial. (...)
La felicidad es opaca al pensamiento.
Curiosa visión y no obstante convincente: Amat reflexiona sobre la felicidad como un producto de consumo más, impostado, servido en pequeñas latas metálicas con fecha de caducidad, disponible en polvo soluble y lista para crear una bebida instantánea. Hete aquí el peligro del libro: nos puede convencer de que que todo es cuestionable y hasta la imperturbable espada Excaliburg podría abanear en su férrea funda de piedra.
Nuria Amat, que niega la trama -absurdo artefacto que no dice nada sino va envuelto en una buena narración-, meiga fabricante de conjuros para despertar una generación de incansables lectores que, como los heroicos personajes de Fahrenheit 451 serían capaces de eternizar los libros en su memoria; se rebela con su pequeño-gran volumen que no es de contenidos, sino de acción, que espabila los ojos al delicado murmullo de los sueños. Con su mimada prosa y la depurada selección de palabras en la que nada falta y nada sobra, Escribir y callar guarda el secreto de un rico mundo interior y la semilla de una revolución que propugna aniquilar la celeridad de las creaciones mediocres y la ansiedad de una lectura demasiadas veces anodina y superficial.